Desde Galeno para acá el arte de curar ha pasado por numerosos avatares, la magia, lo experimental, la investigación científica o la humildad de aceptar ramas colaterales como la psicología. De lo estrictamente somático ha evolucionado hacia lo que actualmente se denomina “psiconeuroinmunología” enfoque sobre la interrelación clínica entre mente y cuerpo. Desde las sulfas hasta las drogas de última generación el desarrollo farmacéutico ha seguido también un camino similar. Ahora bien, si analizamos con sentido crítico el ámbito fármaco-sanitario de la actualidad, cabe preguntarnos si existe alguna cura más barata, más efectiva y menos dependiente de la química y del marketing de la salud. Creo que sí cuando se trata de algunos males que son meros conflictos entre razón y emoción, por ejemplo las situaciones de angustia o pánico por miedos infundados, por crisis de valores, por relaciones problemáticas, por el transcurso del tiempo, por soledad, por la muerte de seres queridos o por nuestra propia finitud. A menudo el diván o los comprimidos no logran resultados concretos; por otra parte si bien escuchar consejos puede ser beneficioso queda claro que algunos pueden ser riesgosos cuando provienen de supuestos “iluminados”. Por estos motivos, en algunos casos quizás convenga acercarnos a la técnica de meditación oriental llamada “lindfulness” o conciencia plena, que se ocupa de analizar emociones, sensaciones y pensamientos en relación a nuestro contexto. Dicho en otras palabras, induce a utilizar nuestra pensadora para descartar las tendencias mentales negativas que suelen visitarnos con frecuencia. Estos conceptos fueron desarrollados en forma didáctica hace unos 15 años por Lou Marinoff en su libro “Más Platón y menos Prozac”, cuya mención indirecta he leído en la nota de Mónica Esgueva (La Capital, Reflexiones del 2 de junio pasado), donde comenta sobre el abuso de medicamentos para la ansiedad, sobre los problemas cotidianos de la vida moderna y sobre las posibles salidas a conflictos que pueden parecer insolubles. Concluye que conviene —si se puede— recurrir a la autorreflexión metódica. Queda claro que a veces la raíz de los problemas, sin llegar a ser de corte metafísico, requiere un marco de filosofía práctica cuyos pasos básicos serían: evaluación analítica y axiológica de la situación, autocrítica objetiva, y actitud de acción buscando soluciones o alternativas. Estaríamos empleando algo así como una “terapia para cuerdos”. Epicuro decía que la filosofía (amor por la sabiduría) es la medicina de la mente, esto supone que podemos encontrar en ella herramientas útiles para entender la realidad y lograr una vida más armónica y plena. Sería interesante que este recurso de aprender a pensar pueda enseñarse en las escuelas desde muy temprana edad. Si ya somos adultos, el libro mencionado puede ser un buen comienzo. Finalmente y ante la duda, consultar con un médico, si es posible humilde.



































