En los minutos, las horas y los días que se suceden, un país va edificando su grandeza. El aporte para que ello se haga posible proviene del ejercicio individual de cada uno de sus habitantes, en las funciones que gravitan en la conformación de la sociedad. Dentro de ese contexto están quienes tienen la facultad de discernir a través de los distintos poderes, para que la responsabilidad y el eficiente desempeño de una determinada gestión sean ejercidos por aquel que logre aplicar a través de su capacidad y talento sus características funcionales. Cuando toman estado público irresponsables ofrecimientos para cargos de relevancia en las esferas políticas a "actores" de teatro, cine y televisión, uno se pregunta si el carisma, la estatura o el color de los ojos pueden suplantar al intelecto y al paso de hombres probos por las universidades de nuestro país. Entre unos y otros existe una enorme disparidad, y es un rasgo de honestidad y fuerza ética valorar los conocimientos adquiridos, y a todo aquello que se ha elegido por vocación. Lo que se pretende no es menoscabar, sino marcar las diferencias por incompatibilidad y en resguardo de riesgos que pueden llegar a comprometer el proceso evolutivo de una región. Así como una cirugía de alta complejidad no puede ser llevada a cabo por manos inexpertas, tampoco el destino de una provincia o municipio puede quedar librado a la incertidumbre que provocan la ineptitud, la improvisación y la inexperiencia. El criterio debe girar sin reparos, en el aprovechamiento de los conocimientos del individuo y en las justas necesidades de la sociedad. Tomemos conciencia de que tanto derroche de insensateces no sacará al país de su postración y que sólo conducirá a sostener un pueblo mediocre y complaciente, pero que no logrará ocultar la difícil realidad futura.


































