Convencidas de haber optado por la mejor empresa, contratamos un viaje en MSC Cruceros, en la nave Poesía, con el régimen all inclusive. Salimos del Puerto de Buenos Aires el jueves 28 de noviembre, con destino a Uruguay, para volver el 1º de diciembre. En el voucher que nos envió por mail Falabella, agencia intermediaria con quien concretamos la operación, decía que nos correspondía el segundo turno para cenar. Dato que nos informaron a destiempo, no coincidía con el de la tarjeta de identificación personal que se nos otorgaba al momento de embarcar. Por esta razón, no se nos permitió el ingreso al restaurante. Nos dirigimos a la recepción del barco, en donde se efectúan todos los trámites administrativos y de admisión, con el propósito de que se nos brinde una solución al problema, que desde mi punto de vista había sido negligencia de las empresas que me vendieron el servicio, considerando que Falabella nos mandó los vouchers por mail y no se nos aclaró que aquel turno podía modificarse; y que el que se nos asignó de manera definitiva, estaba en inglés, en letra muy chiquita, en el ángulo inferior derecho de la tarjeta. Lejos de resolvernos el inconveniente, las señoritas que dicen ocuparse de la "atención al cliente", nos comunicaron que no había solución, que "era nuestra obligación saber inglés, ya que es el idioma universal" y que si seguíamos discutiendo iban a llamar a seguridad. Amenaza que concretaron, ya que aparecieron tres hombres con actitud intimidante y equipos de handy. Y sí, no era para menos, éramos dos mujeres con dos nenes de 8 años dormidos en el sillón, todo un complot mafioso. Reconozco que me enojé, que grité. No pude tomar otra actitud frente a la respuesta de la empleada de MSC, cuando le propuse esperar a que se desocupara alguna mesa, y ella me hizo saber, con mucho criterio, que "tenían los platos contados". Es decir, tenían los 3.200 platos contados, justos. Colaborando con su exhaustivo recuento, le recordé a la señorita que nosotros no habíamos consumido las seis raciones que nos correspondían y que estaban considerablemente pagas, por lo tanto debían estar libres de ser utilizadas. El "no" fue rotundo. Siendo más de las 11 de la noche, y ante la continua negativa, mi tono de voz había alcanzado decibeles un tanto excesivos; entonces aparece en escena quien nos enteraríamos más tarde, sería el manager relacionista (guest relation manager). Este señor nos traslada, como si fuésemos peligrosos delincuentes, a un sector privado, retirado del lugar de uso común para los pasajeros, y con una actitud autoritaria y arrogante, nos dice que si nosotros queríamos nos ordenaba una pizza. Ante tamaña oferta, como alternativa de la cena de un crucero que cotiza en dólares y aún estoy pagando, mi asombro sólo me permitió sugerirle al caballero que la pizza se la comiera él, y retirarme del recinto. Como conclusión, mis tres amigas, los dos nenes y yo, nos quedamos sin cenar. Les sugiero a los señores de esta empresa europea, que revean algunas cuestiones. La excelencia en el servicio, de la que dicen tener monopolio, sobre todo en lo que atención al cliente se refiere, está íntimamente ligada a premisas como atención, predisposición, voluntad, satisfacción, necesidad, respeto y cortesía. Vuestros empleados, y no sólo por lo que nos pasó a nosotros, las están pasando por alto.
































