" Cuando una ley es injusta, lo mejor es desobedecer", manifestaba Mahatma Gandhi. Ahora bien, cuando se habla de ley, como palabra sagrada, se suele cometer un error. Las leyes, y esto lo saben bien los tiranos y déspotas que gobernaron sus países en diferentes épocas y circunstancias, son su herramienta predilecta. Y también saben que es la mejor manera de obligar a una sociedad a cumplirlas afectando, a los más débiles, o sirve para poder castigar, doblegar o enjuiciar a quienes piensan distinto. Tanto Adolf Hitler, como Joseph Stalin, Benito Musolini, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o los Castro gobernaron o gobiernan sus países mediante leyes. Primero se valen de conseguir las mayorías necesarias. Luego esa imposición fuerza votarlas sin el más mínimo consenso. Las minorías no son escuchadas y, generalmente, se votan a libro cerrado y de acuerdo a las instrucciones del déspota.De esa manera encorsetan a todos y las hacen cumplir a rajatabla, amenazando a la sociedad con rigores extremos a quien no cumpla con esas "democráticas" leyes. Tanto es así que primero se dictaron las leyes en la Alemania nazi, y después con esas leyes, de vientre de nacimiento, etcétera se persiguió a las judíos, que ya, y únicamente por serlos, cayeron en la ilegalidad y sufrieron un genocidio sin precedentes. "Todo estaba dentro de la ley". Para no abundar en más detalles, lo mismo ocurrió y ocurre en otras latitudes. Pero cada vez es en menos lugares bueno es reconocerlo. Observamos en la actualidad cómo el presidente Maduro, en Venezuela, genera un congreso paralelo, toma prisioneros a sus opositores, incluso siendo intendentes legítimamente votados y en ejercicio, inventando cargos y juicios, y jueces adictos para llevarlos a prisión. Y todavía perdiendo la mayoría absoluta en el congreso, en manos de la oposición, trata de intervenir, e impedir mediante argucias que no puedan jurar sus bancas varios diputados opositores, también dentro de "la ley" que es su ley. Y que ya el pueblo venezolano es quien mayoritariamente rechaza, pero que es con leyes y artilugios a quienes intenta sojuzgar. Siempre es "la ley" impresa a manera de libro, para que tengan mayor jerarquía. Y que no se cansan de decir votadas por todos "democráticamente". Las malas leyes, siempre producto de malos gobiernos, se usan para lo contrario de lo que se dicen. Siempre en este menú hay funcionarios que se encuentran dispuestos a obedecer ciegamente este propósito, de que sus mandatos sean largos, para impedir que otros gobiernos puedan evitar cambiar su rumbo o modificarlas y no puedan ser removidos. Siempre los dictadores hablan de leyes y de democracia. Y siempre el objetivo ha sido el mismo. Los ciudadanos debemos usar la inteligencia para comprender, analizar y actuar en consecuencia, para no caer en las redes de estos déspotas que construyen dictaduras desde el populismo y el voto, para encarcelar el pensamiento y eliminar cualquier modo distinto de ver y opinar. Después es tarde, siempre es tarde. Y las falacias son muchas, a veces se dice "¿por qué no hablaron cuando gobernaban los militares?". ¡Porque hubo censura! ¿Y por qué hubo censura? Porque muchos ciudadanos, si bien no votaron por ellos, vieron con beneplácito su llegada al poder. Después, como con toda tiranía, es tarde. Es preocupante también nuestra complacencia con los extremos. Se han aplaudido la muerte y la emboscada. Jugamos desde allí de manera extrema y atentamos contra la unidad nacional, la búsqueda de consenso, de valores, que hagan a una sociedad mejor. Pagamos precios altísimos, en vidas y bienes, en prosperidad, en bienestar. En la década de 1960, nuestra querida República Argentina tenía una economía más poderosa que países como Japón, China o Brasil.Acaso hoy no habrá llegado la hora de preguntarnos sobre nuestra conducta.



































