En pocos días el Ejecutivo municipal comenzará la erradicación paulatina de la tracción a sangre en esta ciudad, luego de ignorar leyes y ordenanzas en tal sentido durante un cuarto de siglo de administración socialista. Por lo visto, algunas cuestiones necesitan cierto tiempo de maduración y análisis. Ahora, la solución parecería ser una especie de "plan canje", remedando aquel que permitió reemplazar viejas heladeras por otras nuevas abonando un plus, aunque en este caso la panacea se busca a través de un híbrido de esencia muy infantil: el canje voluntario del caballo por una bicicleta que llevará un pequeño trailer destinado a la recolección. Todo indica que la atávica supervivencia de estas personas, cuyas vidas giran alrededor del cartoneo en un entorno de pobreza desesperante, no ha de modificarse en modo alguno, pero -como ya sabemos- este es sólo un detalle para el cinismo de la política moderna. Sin embargo, surgen interrogantes: ¿qué le hace pensar a la señora intendenta que los actuales carreros entregarán mansamente los equinos? Es obvio que el obligado pedaleo en vez de pasear sin exigencias ni sobresaltos, no les resultará un negocio convincente. Pero asumiendo milagrosamente que así ocurra, ¿dónde se pondrá ésa gran cantidad de animales? ¿De dónde saldrá el dinero para el control sanitario y la alimentación? Alguien debería decirle a las autoridades que en época fría un caballo requiere algo más que el pasto ralo de un baldío. Estos dos detalles son relevantes, pues se supone que la medida anunciada es por los sufridos animales y no por cuestiones altruistas, estéticas o de tránsito. Hasta ahora nada se comentó al respecto ni acerca de los carros propiamente dichos, pues dejarlos en manos de sus dueños es una invitación a reincidir en breve, cuando se relajen los controles. Igualmente, no queda claro que pasaría con los mateos o carruajes utilizados para festejos y paseos, con volantas livianas de grandes ruedas de madera y caballos perfectamente cuidados y fuertes. Estas personas no deberían pagar los platos rotos por aquellos que sí ejercen manifiesto sadismo con el animal durante su actividad informal, tal como sacarlos a trabajar aún estando lesionados o con avanzada preñez, bajo cualquier clima, trasladando escombros (que generan minibasurales), no procurarles sombra ni descanso suficiente (los carros se subalquilan), utilizarlos para apuestas en cinchadas si la semana no fue productiva, entre otras cosas.




























