Se lo veía realmente deteriorado, mal. Rengueaba, andar claudicante, rostro macilento y ceniciento, con una expresión que denotaba una mezcla de dolor y fastidio.

Relato ficticio de un acto accidentado. Las desventuras de Claudio Rabano
Se lo veía realmente deteriorado, mal. Rengueaba, andar claudicante, rostro macilento y ceniciento, con una expresión que denotaba una mezcla de dolor y fastidio.
Los largos meses de internación hospitalaria primero y domiciliaria después habían dejado huella, tanto en su cuerpo como en su alma. La aflicción se agravaba por la autopercepción de que había pasado y estaba pasando toda esta calamidad por haber cumplido con su deber, y esto nunca había sido reconocido ni material ni simbólicamente por nadie.
Las secuelas del “accidente” habían sido muchas y bravas. La convalecencia terminó siendo psicológicamente insoportable. Había perdido tonicidad y masa muscular, sus articulaciones estaban dañadas por las quebraduras, torceduras y contusiones; en muchas partes del cuerpo las escoriaciones y cicatrices todavía dolían y afeaban su anatomía, de por sí poco agraciada. Internado comenzó a experimentar una hipoacusia de mediana a grave, sus cuerdas vocales a veces no le respondían, y padecía unas cefaleas invalidantes que solo se iban si se acostaba y se dormía.
Pero todo eso no era lo peor. Lo más torturante del cuadro eran los sueños, la pesadilla, que noche a noche lo asaltaba. El episodio, el “accidente” era representado vívidamente, recreando todo lo ocurrido y padecido, cada golpe, cada lesión, el aplastamiento, los acordes, la conmoción cerebral, el piso helado, los aplausos, la ambulancia, los gritos, la internación, la extrema unción….hasta que por fin despertaba transpirado, aterrado y dolorido como aquella lejana y fría mañana de junio frente al Monumento a la Bandera.
El presidente diez días antes había confirmado su presencia, y eso le daba a la fiesta patria un plus de interés tanto para la gente en general como para la prensa y la política. Esta vez, el acto central del Día de la Bandera tendría una afluencia de efectivos nunca vista para la celebración. La Municipalidad de Rosario, con el intendente, a la cabeza había querido primar en la organización del acto central, y lo había logrado respecto del gobierno provincial, pero la presencia del primer mandatario había hecho que todo el aparato de la Presidencia de la Nación copara la parada de la organización, la seguridad y el protocolo y ceremonial.
El presidente solía llevar en sus viajes una frondosa comitiva y esta vez no fue la excepción. La hora de comienzo del acto eran las diez de la mañana. El intendente había sido claro con todos sus colaboradores y colaboradoras:
—Tiene que estar cada uno en su puesto temprano, no me vengan con excusas, cada uno en su lugar… se supone que todos saben lo que tienen que hacer… y no se olviden de ponerse o tener algo de color rojo.
—Intendente, hay más invitaciones repartidas que lugares físicos. ¿En el palco, entonces? —dijo un asesor.
—Estén listos temprano y dispuestos a la lucha para que no perdamos presencia, ustedes saben que el Turco trae mucha gente y la custodia presidencial es rejodida.
El consejo del Intendente lo había seguido mucha gente, no solo el personal de protocolo de la Intendencia. A las 8.30, una hora y media antes de la hora prevista para el inicio de la ceremonia, el palco ya estaba en un noventa por ciento de su capacidad. Legisladores nacionales y provinciales, concejales, sindicalistas, militares, policías, el obispo —ya acomodado en la primera hilera, donde se suponía se pararía el presidente para ver el desfile—, invitados especiales, buscas y colados; ya se aprontaban a lo que parecía un gran scrum, esa rara formación de ese raro deporte, en el cual para avanzar hay que tirar la pelota para atrás o hacia afuera.
Cuando por algún acto oficial o partidario el Turco venía a la ciudad las huestes de sus dos referentes en Rosario entraban en alerta primero y en operaciones después. Tanto la gente del Loco como del Nito no resignaban lugar ni presencia política. Cada jefe local debía demostrarle al Gran Jefe quién tenía a la gente. La pugna alguna vez había terminado a cadenazos y balazos; esta vez la cuestión se zanjó civilizadamente para congratularse con la visita oficial del presidente. El palco, por ende, efectivamente tenía el doble de gente de las invitaciones cursadas y de las plazas arquitectónicamente calculadas.
Nuestro héroe, Claudio Rabano, chofer y todoterreno del presidente de la Cámara de Diputados de la provincia, increíblemente había logrado superar los controles del protocolo y la seguridad presidencial y de la Intendencia, y agarrado del brazo de su jefe estaba en primerísima fila, apestillado contra la baranda del palco, una gruesa estructura tubular de duro metal.
El gobernador y el intendente recibirían al presidente que llegaría en su helicóptero, caminarían unos cien metros los tres y ascenderían al palco. Toda la segunda hilera, de adelante hacia atrás, estaba reservada para el orden provincial; y la tercera para el orden municipal.
Diez y veinte, con una persistente garúa y ocho grados de temperatura la fanfarria Alto Perú del Regimiento de Granaderos a Caballo comenzó a ejecutar la Marcha de Ituzaingó, cuya autoría se adjudica al rey Pedro I de Brasil. La partitura original fue encontrada por las tropas argentinas y de la Banda Oriental en la batalla del mismo nombre en 1827. Es desde ese año la pieza musical que resuena en todo acto en el cual está presente el presidente.
El cabello del presidente mutaba, con inquieto tornasol, entre el caoba y un azul metálico, con la patilla recién recortada. Traje negro de lana viscosa, corbata de seda gris plata y camisa de poplín dos por dos color marfil, rigurosos gemelos de oro con sus iniciales “CSM” y la sonrisa de porcelana.
Como cuando llega la barra brava a la tribuna local, apenas el Turco puso un pie en el primer escalón del palco la custodia generó una suerte de corredor para asegurar el paso del Presidente. Llegado al lugar reservado, fue que la vio…
Entre la comitiva municipal estaba una funcionaria, que promediaba los treinta, figura voluptuosa, metro sesenta y dos, blonda cabellera y la cara de Barbra Streisand. Era imposible no detenerse en ella. El Turco, entre apretones de manos y abrazos, giró sobre sí mismo, extendió su diestra hacia la tercera hilera, salteando la segunda, en inequívoca dirección hacia donde estaba la funcionaria municipal, la asió de la mano y la atrajo hacia sí de forma tal que fuera inevitable que el apretón de manos se transformara en un beso en la mejilla de la mujer, que por supuesto sonreía y no pudo resistir el embate presidencial.
Toda esta movida generó en la primera hilera del palco una suerte de dominó, un corrimiento, una oleada que puso a Rabano, a varios metros de su jefe, como un velero que el viento aleja de la costa.
Cada segundo que pasaba Rabano estaba más comprimido contra la baranda del palco, sabiendo que no resistiría mucho más. El general de brigada, jefe de la Agrupación General Belgrano (que son todos los efectivos que participan ese día de la parada militar), obtuvo la autorización presidencial para comenzar el desfile de los dos mil efectivos. La oleada humana que se había iniciado con el beso del presidente a la rubia voluptuosa seguía y seguía. Rabano no pudo escapar, y un segundo antes que los efectivos comenzaran a pasar frente al palco, con la cabeza girada mirando al presidente, cayó por la barandilla hacia el empedrado grueso de la avenida Belgrano.
Hasta el día de hoy, casi dos años después del “accidente”, no se sabe a ciencia cierta —y los abogados de Rabano lo tienen como uno de los hitos probatorios del juicio— si el desfile no se detuvo porque no se advirtió la caída y no se vio el cuerpo debajo del paso de los efectivos, o porque no se quiso desairar al presidente, interrumpiendo el desfile.
Lo cierto es que Rabano fue pisado y pisoteado por una masa viviente y marchante que componían desde los cadetes del Colegio Militar de la Nación, con sus sacos azules y sus pantalones caqui, pasando por la Sexta Compañía de Montaña de Gendarmería y el cuerpo de Guardiamarinas, la Escuela de Cuerpo Profesional Femenino y terminando con los efectivos de la sección perros de la Policía Federal. Rabano soporto esos miles de pisotones durante los treinta minutos que duró el desfile.
Hoy en día usa un bastón en vez de las muletas, no puede dejar de tomar analgésicos, aparenta unos veinte años más de su edad biológica y todavía está en juicio contra el Estado nacional. El presidente nunca lo recibió, los veteranos de Malvinas —que también desfilaron esa fría mañana— le negaron incorporarse a su asociación. Tampoco prosperó que lo declararan ciudadano ilustre, y nunca volvió a ver a la rubia ojizarca por la cual comenzó lo que derivó en su heroica caída.


