Los vecinos de la manzana donde está el Club Alemán, Paraguay al 400, habitan una zona liberada. Los fines de semana el restaurante del mismo suele convertir su jardín en un boliche bailable, sin techo ni protección acústica y con música a altísimo volumen. Años atrás era como tener una banda de rock no invitada en el living de la propia casa. Ahora, luego de décadas de quejas, es como tenerla en el patio que linda al dormitorio. No valen llamados, pedidos, solicitudes, ruegos, súplicas por enfermos y murientes: los concesionarios insisten en su derecho comercial de imponer a los infortunados vecinos de ciento cincuenta metros a la redonda una música enloquecedora hasta las seis de la mañana. Visto a la distancia somos un pueblo manso. Pero si el Estado se muestra ausente en la regulación del bien común, en el control de los abusos y en asegurar el respeto al derecho mínimo a un descanso nocturno, se deja abierta la puerta para situaciones de excesos personales de unos y de otros.




































