Matando a los malos nos volvemos peores; y no peores que los malos sino peores que nosotros mismos, peores de lo bueno o malo que éramos. Y desde allí abrimos un camino en el que sólo se desciende. Y junto con nosotros, con cada uno que es peor que ayer, todos somos un poco, un poquitito peores que ayer. Tantos los que acordamos como los que disentimos. A la pregunta de John Donne "por quién doblan las campanas", podemos responder: por todos nosotros. Por el ladrón muerto y por las manos mútliples -ahora anónimas- que lo mataron. Porque una vez reducido o controlado o desvanecido no había que continuar golpeándolo: había que dar parte al poder público, malo pero público. En cambio este poder privado, este poder de horda circunstancial nos lleva a un paso, a un milímetro de "las juntas de autodefensa" que en México están actuando desde hace tiempo. Y entonces, allí veremos la posibilidad concreta de que, en vez de un mal criterio de justicia, como grupos de "autodefensa" se armen. Digo "se armen" en el doble sentido: se agrupen y se provean de armas. Y allí cosecharemos que el fuego a discreción está al alcance de quien quiera practicarlo. En cada cuadra, en cada esquina, en cada barrio encontraremos formas autogeneradas del derecho y de su aplicación. ¿Es hacia allí donde queremos dirigirnos? ¿Esa es nuestra respuesta de país alfabetizado, con amplia cobertura social e ingresos promedio que son los más altos de esta región? Tenemos que elegir (y pronto) entre luchar por la acción contra la delincuencia o por la disgregación ética, la anarquía grupal y el retroceso sin fin de nuestra condición de humanos. No respondamos a la pregunta "... y entonces qué hay que hacer", haciendo lo peor.



































