Por los días que corren hay un extenso y variado "menú" de irregularidades institucionales, que está siendo ofrecido procazmente a la consideración de una sociedad absorta que ni siquiera intenta comprender el contenido de lo que han sido capaces de urdir quienes, desde el gobierno, insisten monótona y persistentemente en su intención de "ir por todo". Pareciera, a esta altura, que la paliza que se le propinó al kirchnerismo el 27 de octubre, en lugar de mover a la reflexión serena de los responsables frente a la opinión de la gente, hubiese operado tal la leyenda mitológica de la Hidra de 7 cabezas (la que, por cada una que era cortada por Hércules, le crecían dos nuevas) y se estuviese actuando en pos de alguna epopeya pírrica de dudosa concreción, pero de altísimo costo para el futuro de todos quienes estamos inmersos dentro de los límites de esta organización que llamamos Argentina. Está claro que la ciudadanía ha logrado el estadío de la adultez como para decidir el cierre constitucional de este controvertido turno institucional el 10 de diciembre de 2015, y que ningún representante de la oposición hará lo que hizo la ex senadora Cristina Fernández pidiéndole la renuncia a Fernando De la Rúa en 2001 por considerarlo inepto ante acontecimientos, con muertes, similares a los verificados en los días de furia de diciembre pasado. Ello significa que los ciudadanos hemos perfeccionado nuestro sesgo democrático, y que quienes caminan por los márgenes de esa concepción son, precisamente, quienes nos gobiernan y todo su séquito de adláteres que, obedientemente, han adoptado el código de conducta de "los tres monos sabios": no veo, no oigo, no hablo.




































