En el diccionario kirchnerista no figura la palabra “inflación”. Por eso, cuando Jorge Capitanich o Axel Kicillof son interrogados por el periodismo sobre ese tema, recurren a la neolengua K y hablan de “variaciones de precios”. Kicillof, siempre parado sobre su pedantería, nos alecciona: no hay inflación porque ésta consiste en un aumento sostenido y generalizado de los precios. Así es, y eso precisamente es lo que ocurre en la Argentina desde hace varios años. Se argumenta que como los servicios públicos no han aumentado significativamente, el incremento de precios no es generalizado. Ergo, no hay inflación. En verdad, tenemos una alta inflación pese a que las tarifas de los servicios han estado por mucho tiempo congeladas y luego subieron módicamente. La conclusión es, entonces, la contraria de la que extrae el ministro: hay inflación y, peor aún, hay además inflación reprimida. Lo que no hay es, hasta ahora, un programa antiinflacionario. Tal vez ya no veamos en lo sucesivo el estilo gangsteril de Guillermo Moreno, pero el morenismo goza de buena salud: en lugar de atacar las causas del fenómeno, se insiste en regular sus efectos a través de nuevas rondas de “acuerdos de precios”. Estos mal llamados acuerdos sólo podrían servir, muy limitadamente y por un breve período, para moderar las expectativas de aumentos de precios en el marco de políticas consistentes de carácter fiscal y monetario que tiendan a sofocar las fuentes de la inflación. ¿Cuáles son esas fuentes? Un gasto público extraordinario que es financiado con creciente emisión monetaria. Que la emisión monetaria excesiva es causa de la inflación no es algo que ignore hoy en el mundo ningún economista, de la tendencia ideológica que sea. Pero nuestro equipo económico se ocupará de las “cadenas de valor”, es decir, intentará la imposible tarea de determinar cómo debe manejarse cada empresa, cuál debe ser su tasa de rentabilidad, etc. Para estos funcionarios, que la Argentina sea uno de los pocos países en el mundo que tienen alta inflación nada tiene que ver con sus desequilibrios macroeconómicos, sino que sería consecuencia de la perversidad de sus empresarios y comerciantes. Perversidad que aparece y desaparece de un modo absolutamente arbitrario: durante los noventa los “formadores de precios” eran buenos y lo fueron bastante hasta 2006, pero desde entonces les vino un súbito ataque de maldad y ya no saben qué hacer para amargarnos la vida a los consumidores. Es cierto que disminuir la emisión monetaria no es gratis. Tiene consecuencias, porque implica reducir el gasto y generar tensiones con los sectores afectados. Pero hay formas de hacerlo gradualmente. Lo importante es cambiar la tendencia y recrear un clima de confianza.
































