Hace algunos días cometí una infracción de tránsito. Sobre la calle Entre Ríos estacioné mi vehículo en doble fila por alrededor de unos 10 minutos. Cuando salgo a buscarlo, me encuentro con una hermosa chata de último modelo de la Guardia Urbana Municipal con dos oficiales a bordo; mejor dicho, un oficial de la policía y un empleado municipal. Toman mis datos como corresponde y al finalizar este último me comenta: "Como es la primera vez que le pasa, le llegará un aviso como apercibimiento". Claro está que le pregunté hasta el hartazgo si era una multa, si la debía pagar y demás. Ante su negativa, lo saludé y me fui. ¿La anécdota? Treinta días después me llega la noticia de que debo efectuar el pago por esa infracción, que dicho sea de paso era de 120 pesos rebajada a 60. No molesta el hecho de abonarlo; pero sí me sentí estafado y traicionado por un muchacho que responde a la Municipalidad y que se ve que no tiene las ideas muy claras.




































