Día a día Rosario ve pintada con sangre la luz de la luna y también del sol; sangre de tantos jóvenes que juegan a ser soldaditos (¿de quiénes?). Es como defender una bandera que carece de colores y de escudo. Tras ellos hay una generación (la mía, tengo 51 años) que creció en el seno de una infancia donde los soldaditos eran de plomo y el que lograba la colección era un rey; y los soldados de verdad eran aquellos que despedíamos con una mezcla de tristeza y júbilo porque debían ir al servicio militar. Pero tenían bien claro cuál era su nacionalismo, el que deberían defender si se los convocaba. Y las madres resignaban sus sentimientos a favor de la patria, pues la muerte de un soldado era un acto heroico y su memoria viviría por siempre. Hoy miramos con tristeza correr lágrimas por las mejillas de tantas madres. Sí, madres, porque no existe palabra en ningún idioma para calificar a una madre que ha perdido a su hijo. Si buscáramos un culpable, a quién apuntaríamos: ¿a una sociedad consumista, a padres ausentes, a autoridades corruptas, a una "Justicia" injusta, a la marginación de las clases sociales más pobres? Prestemos atención si observamos que cause orgullo ver un hijo como centinela de un bunker, porque si es así estamos haciendo sacrificios humanos, porque no habrá galones, porque ese "soldado" morirá en el escabel de este altar y su falso dios. ¡Cuidado! ¿No será que nos estamos convirtiendo en objetos de una complicidad civil como la tuvo Hitler o Videla, aunque los líderes tengan otro atuendo y diferente ideal? Es mi deseo que la democracia, que en su esencia es libre, nos muestre el camino para actuar como corresponde. No quiero vendarme los ojos ni ponerme una toga, ni tampoco jugar con la demagogia; aunque siento que mis preguntas son muchas y pocas las respuestas que obtengo. Pero de algo estoy segura, el precipicio se ensancha cada vez más y la actual sociedad no está preparada para la abstinencia de este flagelo. Porque si el gobernador Bonfatti ganara la batalla, le esperará otra más cruel y morbosa: luchar contra molinos de viento que nacerán en las mentes enfermas de aquellos que necesiten sus dosis de sustancias prohibidas.
































