En los últimos tiempos hemos oído palabras que se instalan en el seno político nacional: conflicto, crispación, autoritarismo, demagogia, golpista, que se usan para una descalificación permanente y para ubicar al otro en lugar de enemigo. La caracterización amigo-enemigo es un síntoma instalado por la política kirchnerista. Sintiéndose representados por este proyecto de gobierno, cada uno de sus partidarios defiende sus acciones bajo esta dicotomía. Respetable para algunos, criticables para otros. Ahora bien, los opositores, quienes reprochan estas modalidades, no se esfuerzan demasiado por superarla. A esta altura ya se han generalizado los agravios de un lado y del otro, y los ataques verbales ya parecen ser una constante. Los opositores al modelo kirchnerista han caído en este juego y devuelven con la misma moneda cada ataque recibido por los oficialistas. Sus principales figuras parecen estancarse y hundirse en la práctica del oficialismo, sin aventurar ideas de renovación y cambio. Lejos están de presentar proyecciones a largo plazo que permitan cautivar a los ciudadanos. La política nacional vive una intolerancia feroz. Revivir antiguas antinomias y hostilidades no trae buenos recuerdos para los argentinos. La responsabilidad, racionalidad y equilibrio debe ser mayor para salir de esta meseta y desterrar esta costumbre que no hace bien ni a unos ni a los otros. Despojarse de injurias y pensar conjuntamente unificando fuerzas es deuda pendiente. Tarea difícil pero no imposible.

































