En medio de la polémica desatada por dos charlas que David Alfaro Siqueiros ofreció a poco de llegar a Buenos Aires en 1933, el director de Crítica, Natalio Botana, le ofreció al muralista casa y comida a cambio de que se abocara tiempo completo a pintar su primer mural de interior en el sótano de Villa Los Granados, 18 hectáreas en Don Torcuato con una casona de 1300 metros cuadrados construida durante la década de 1920. Para trabajar en el sótano de 200 metros cuadrados y techo abovedado que pensaba pintar íntegro, Siqueiros convocó a una troupe de artistas noveles. La idea original y respetada hasta la última pincelada fue la de crear “una visión algo etílica, como la de estar parado en el centro de una burbuja transparente en el fondo del mar”, que _según la noción de “plástica en movimiento” postulada por Siqueiros_ se tradujo en una serie de cuerpos de mujer desnudos que se deforman y se fusionan a lo largo y ancho de las paredes, el techo y el piso del sótano. La musa para todas las figuras fue la misma: Blanca Luz Brum, la esposa de Siqueiros, que posaba desnuda dentro de un cubo transparente mientras la fotografiaban para después proyectar esas imágenes en las paredes como bocetos. Años después, Siqueiros explicó que “los trabajos en Los Angeles me ayudaron a descubrir la aplicación de la tecnología moderna al muralismo, lo que modificó todos mis métodos”.





























