"La única verdad es la realidad" (Aristóteles)

"La única verdad es la realidad" (Aristóteles)
Perón, que fue un charlista ameno, no se atribuyó la autoría de la frase de Aristóteles, "La única verdad es la realidad"; pero la dijo con tanta convicción y autoridad que pareció suya. El viejo alquimista manejaba como nadie los tempos de la retórica y su impacto en el público.
¿Fue producto de su inveterada astucia no citar al autor y dejar que el pueblo creyera que era otra de sus curiosas ocurrencias?
¿Fue acaso ésta una mentira por aquello de que ocultar la verdad es otra forma de mentir? La mentira, enraizada más en el ámbito político que en cualquier otro, también forma parte de nuestra vida diaria.
Una encuesta publicada por el diario inglés Daily Mail, revela que los entrevistados admitieron decir un promedio de cuatro mentiras diarias, teniendo la mayoría los varones con cinco mentiras y las mujeres solamente con tres. Claro que tales mentiras podrían clasificarse como mentiras blancas: "Te queda muy bien ese color", "Por supuesto que solo salgo con vos", "No estás gorda" o "Te llamo y nos vemos", siendo la ganadora "Está todo bien". La muestra inglesa, más allá de los porcentuales, bien podría encuadrar con cualquier comunidad. ¿Hicimos, alguna vez al final del día, el ejercicio de anotar cuántas mentiras, maliciosas, piadosas, inocentes, dijimos?
La mentira, tan antigua como el mismo big bang, está en contra de los principios morales de muchas personas; para las religiones constituyen pecado y es así que dividió posiciones de notables filósofos. Platón opinaba que se podía permitir mentir de vez en cuando, mientras que Aristóteles, San Agustín y Kant decían que jamás se podía permitir.
Mentime que me gusta. Joaquín Sabina escribió: "Le dibujaba un mundo real/ no uno color de rosa,/ pero ella sólo quería escuchar/ mentiras piadosas". ¿Preferimos, antes que la temida verdad, una mentira? ¿Hasta dónde queremos que el médico —más allá de si es ético o antiético— nos oculte una enfermedad terminal?
No pocas veces somos cómplices de la mentira. La publicidad nos ofrece un producto y creemos en lo que nos vende; el político nos regala el cielo y también le creemos; el gobierno nos promete planes, obras, seguridad y también lo hacemos, simplemente porque necesitamos creer.
Apelando a esa necesidad que anida en la naturaleza humana, los que mandan, los estrategas, los que gobiernan y los que quieren gobernar, también mienten. No hay asesor de marketing político que no le aconseje mentir a su cliente. "Promete lo que quieren oír. No importa si no cumples", pareciera ser la consigna. Pero si a ciertos políticos se los condena por mentir, sus mentiras siempre son sufridas por los atribulados ciudadanos. Nietzche decía: "Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti".
La mentira política es tan antigua como la política misma. Sin colaboradores y sin medios de comunicación no es posible la mentira política. La guerra de Irak, por ejemplo, se originó en gran medida con una gran mentira que compraron los medios norteamericanos con rebote en todo el mundo. El caso es que Bush no engañó a los medios o al menos no deliberadamente. Tal vez no tenía la íntima certeza pero simplemente aseveró que Saddam poseía armas químicas altamente letales y los medios se hicieron eco. Temeroso, aún con el síndrome del 9/11, el pueblo estadounidense aprobó la invasión.
Mucho antes, en 1964, el presidente Johnson distribuyó a los medios la noticia —inexacta— de que naves vietnamitas habían atacado a barcos norteamericanos en el golfo de Tonkín. Querían entrar de lleno en la guerra con Vietnam y los medios crearon el clima para hacerlo.
La prensa, en muchos casos, fue cómplice de mentiras alevosas, pero también fue engañada frecuentemente. Una vieja fórmula de los servicios de inteligencia es publicar una noticia en la prensa extranjera a fin de que llegue al país, resulte creíble por provenir de un medio serio y así poder contar con luz verde para actuar.
Durante la Segunda Guerra, la mentira, los engaños, estaban a la orden del día. Ni Churchill ("En tiempo de guerra, la verdad es tan preciosa que debe ser protegida por una guarida de mentiras"), ni Roosevelt, ni los rusos, se privaban de mentiras para confundir al enemigo, una de los cuales, la más lograda, fue la del Día D con el desembarco de los aliados en Normandía, mientras los alemanes los esperaban en Calais.
Goebbels, artífice de la propaganda nazi, usaba la mentira como insumo excluyente: "Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad".
Según Federico García Morales, "la mentira parecería ser una expresión de la volundad, y pareciera que camina bien con el poder, con la autoridad". Derrida, en La Historia de la Mentira, dice: "la mentira no es un error, es una voluntad de engañar".
Nuestros gobernantes, desde los tiempos de la colonia, nos vendieron gato por liebre y, a pesar de advertirlo, hemos seguido siendo buenos compradores.
Hasta rompimos la regla de tropezar dos veces con la misma piedra e insistimos en más tropiezos, pero lo curioso es que nadie nos empujó, todo se lo debemos a nuestra propia iniciativa.
En El Príncipe, desde hace siglos libro de culto de la clase dirigente, dice Maquiavelo: "La política es un espacio para los embaucadores, donde el Príncipe vence por la fuerza o el fraude". Según un informe difundido por la revista New Scientist, el científico canadiense David Skillicorn, desarrolló un prototipo con un potente software, un especial detector que denomina verbal spin, que se refiere a un discurso en el que "las expresiones de un líder no reflejan lo que él sabe que es verdad". "Lo que estamos analizando no es tanto la flagrante mentira sino la tendencia de los políticos a presentar una imagen de sí mismos que les conviene para seducir al votante, pero que no refleja lo que de verdad piensan", declaró a elmundo.es el distinguido investigador. Se experimentó en la previa de las recientes elecciones norteamericanas y sus conclusiones son, por lo menos, sorpresivas, ya que indican que el flamante presidente Barack Obama tiene un mensaje muchísimo más manipulador que su contrincante (obtuvo 6.7 en la escala de 1 a 10), mientras que Mc Cain, muy por debajo, obtuvo –7.85.
¿Temblarán de aquí en más, con inventos como éste, los políticos vernáculos?
Hemos citado en esta nota a personajes de diversas latitudes; no quedaría bien finalizar sin evocar a algunos de los nuestros y a las deliciosas ocurrencias que contribuyeron a su fama: "No habrá devaluación brusca", Celestino Rodrigo; "El que apueste al dólar, pierde", Lorenzo Sigaut; "Amo al pueblo", José A. Martínez de Hoz; "En mil días el Riachuelo estará limpio", María J. Alsogaray; "Hacia 1997 la deuda externa se reducirá y a fin de siglo será insignificante", Domingo Cavallo; "Declaro a la corrupción, delito de traición a la Patria", Carlos Menem; "Seré el médico, el maestro, el que dé trabajo a cada argentino", Fernando de la Rúa; "El que deposite dólares, recibirá dólares", Eduardo Duhalde; "Vamos a crear 1.000.000 de puestos de trabajo", Adolfo Rodríguez Saá; "No somos ni coimeros ni corruptos", Aníbal Fernández; "Les dije que por ser mujer me iba a costar más", Cristina F. de Kirchner; "Soy un soldado de Cristina", Néstor Kirchner; "Dudo que Kirchner deje de ser presidente", José María Aznar.
Traslado al estimado lector la tarea de dilucidar dónde está la mentira y dónde la verdad.




