La felicidad de ser madre

La felicidad de ser madre
Sinceramente yo nunca fui como “Susanita”, el conocido personaje de “Mafalda”, que tenía como única aspiración en su vida la de casarse y tener media docena de hijos. En mi caso, la “vocación de madre” y “la pasión que le imprimo a este rol”, nació automática, mágica y profundamente, en el mismo segundo en que nació mi primer hijo. Hoy, 17 años más tarde, y con dos maravillosos hijos en mi vida, me puse a pensar todo lo que significa esa “corta pero inmensa palabra: madre.Y, sinceramente, creo que ser madre es la misión más importante y comprometida a que todas las que lo somos, biológicamente o de corazón, tenemos en esta vida. Misión ésta, en la cual no nos podemos dar el lujo de fallar, porque tenemos en juego a nuestro tesoro más preciado: nuestros hijos. Pero, así y todo, y por más que uno ponga lo mejor de sí, es posible que a lo largo del camino como madres cometamos algunos errores. Porque no aceptar esto, sería caer en la arrogancia de creernos omnipotentes. Y porque, simplemente, nosotras, “vamos aprendiendo día a día junto a nuestros hijos y con mucho amor a ser las mejores madres que podemos. Y por lo tanto tenemos que ser conscientes de que distamos mucho de ser perfectas. Igualmente y más allá de los errores involuntarios que podamos cometer a lo largo del camino como madres, estoy convencida de que el mejor y más hermoso legado de amor que le podemos dejar a nuestros hijos es motivarlos, apoyarlos, aumentar su autoestima e incentivarlos para que sean cada día mejores personas, que vayan por la vida siempre con la verdad en la mano, que nunca abandonen sus sueños. Personas plenas, personas felices. Pero para ello, primero debemos enseñarles que en esta vida cada uno tiene no solo el derecho, sino también el deber de ser feliz y que para lograrlo siempre hay que luchar, y nunca bajar los brazos. Porque aquél que no se crea merecedor de la felicidad nunca se esforzará por encontrarla.
Mariela Campos Savaidis
DNI 17.825.880
Carriles exclusivos
Después de un tiempo prudencial en el uso de los carriles exclusivos en algunas calles de nuestra ciudad, me pregunto ahora tras el aumento de las tarifas de los taxis y del boleto urbano de pasajeros si los responsables de esta transformación en el uso de las calles han recorrido las paradas de ómnibus y si han visto los inconvenientes que se producen en las mismas. Santa Fe y San Martín, punto de parada de 18 líneas, donde periódicamente, frente al Banco de Santa Fe, estacionan los camiones transportadores de dinero, con sus custodias armadas hasta los dientes alrededor de las 15, y donde hay al menos 100 personas esperando en la misma esquina las 18 líneas de colectivos. ¿Qué ocurriría si se produjera un robo? Santa Fe y Entre Ríos, parada de 12 líneas de ómnibus sobre una vereda que no llega al metro de ancho, y donde al igual que en la parada de San Lorenzo y Dorrego, el pavimento ya es víctima de la multiplicación del tránsito pesado del transporte urbano, en cuyos agujeros además se junta agua, y donde la gente apretujada terminará algún día bajo las ruedas de las unidades. Además, veo en el plano de la ciudad un triángulo conformado por la calle San Lorenzo, bulevar Oroño y el río Paraná, en cuya superficie está el Sanatorio Británico, prácticamente aislado del transporte urbano. Desde calle Santa Fe y Paraguay al sanatorio hay siete cuadras que los pacientes deben caminar. ¿Es barato el costo del pasaje para que debamos caminar tanto, además de las paradas cada tres cuadras en esta zona, donde el tránsito se ha vuelto más feroz todavía y donde no se ven inspectores? Me parece que son cuestiones de las que el Concejo debería de ocuparse más que el de cambiar el nombre a un centro cultural. Los muertos, muertos están y hay que recodarlos, pero nosotros todavía seguimos transitando por las calles de una ciudad que cada día se hace más inmanejable.
Ricardo Mapin
DNI 1280405
Reclamos al por mayor
La avenida Savin (ex travesía) se está degradando, pero no sólo la arteria tiene sus bemoles, el barrio de Arroyito entero los padece. Las nuevas autoridades municipales parecen haberse olvidado de que existe este barrio en Rosario, y sus intervenciones en el mismo son mínimas o casi nulas. El problema sin solución de grandes basurales, uno de ellos justo frente a un dispensario y centro Crecer municipales, y a 100 metros de la escuela bilingue “Taygoyé” y las veredas ocupadas en Juan B. Justo y puente del ferrocarril Nuevo Central Argentino hace que el intenso tránsito de personas se haga por la calle. Además, los días de lluvia se inunda el lugar potenciando los inconvenientes y el peligro. Las calles se convierten en pistas de carreras (no hay ningún elemento que lo impida) y los controles no existen, hay baches por doquier y las colectoras cloacales están obturadas. Como si esto fuera poco, la Municipalidad dejó que se levantaran casas precarias lo que en un caso de inundaciones no permitirá que el agua fluya con el consiguiente riesgo de vida para esas personas que empujadas por la situación social levantaron allí sus humildes viviendas. Los reclamos serían interminables ante los oídos sordos, la pasividad y y la soberbia del Departamento Ejecutivo.
Salvador José Plano
DNI 6.076.434
Un merecido reconocimiento
Intentamos a través de este medio dar un adiós público a Clyde Valdivia. Ella se integró a la comunidad educativa de la Escuela Nº 107, “9 de Julio”, cuando su nieto Gabriel era alumno (hoy tiene 25 años). Junto a su marido, Luis, se sumó al club de los abuelos; él era ferroviario y ella ama de casa. Cuando su nieto cambió de escuela permaneció trabajando en el costurero escolar. Alrededor de los años 94/95, Clyde y su marido se hicieron cargo de un proyecto de huerta junto a un grupo de docentes. Luego desaparecieron el club y el costurero, y Clyde se incorporó a la cooperadora escolar, desde la cual participó en múltiples actividades: polladas, té desfiles, rifas, ferias de platos, peñas y funciones de cine. En el camino enviudó, pero eso no la alejó de su compromiso con la escuela. Al contrario, en los últimos años ella la visitaba en ambos turnos y recorría aula por aula haciendo de nexo entre la cooperadora y los chicos que diariamente la esperaban. Tenía contacto con los padres, los docentes, los auxiliares educativos. Estaba presente en cada acto, cada reunión o festejo, cubría múltiples demandas como hacer almohadones, cortinas, algún vestuario o colaborar con una escenografía. Era la primera en llegar, en ponerse manos a la obra y en ofrecerse para cubrir a alguien que no podía asistir. También era común encontrar a Clyde dialogando con un niño, compartiendo el comentario de un maestro o acercándose a la dirección para saludar cada vez que se retiraba. En la cooperadora acompañaba la tarea de la tesorera, auxiliaba a la secretaria, era la persona de confianza de todos. Es cierto que las personas mayores, los abuelos, tienen más tiempo que quienes estamos en actividad. Pero sería injusto no advertir que no son tantos los que deciden compartir, brindar algo tan valioso como su propio tiempo a los demás. Y menos aún, a los más chicos, y a ese lugar -tan valorado discursivamente y tan olvidado en los hechos- como es la escuela. ¿Qué habrá visto Clyde en una escuela para permanecer en ella tantos años, qué halló que justificara recorrerla diariamente, tenerla entre sus pensamientos, dedicarle sus fatigas? No es esta escuela, es una escuela, cualquiera, donde los niños crecen, los adultos trabajan y donde los mayores tienen algo que comunicar. La abuela Clyde parece haber comprendido mejor que nadie de qué se trata la escuela: de transmitir. Por eso su honestidad, sencillez, generosidad, su lealtad a los afectos quedan -después de despedirla para siempre- atesorados en esta casa, en la memoria de cientos de chicos, en el agradecimiento de quienes tuvimos la suerte de compartir su tarea.
Carla Borgonovo
Busco a mi madre biológica
Mi nombre es María Fernanda Milan y tengo 33 años. Nací el 5 de agosto de 1979 en Rosario, según mi partida de nacimiento, a las 17. Hace cuatro años me enteré que soy adoptada, pero hace unos días empecé mi búsqueda ya que mi papá se animó, se armó de coraje y valor para contarme la verdad. Son pocos los datos que tengo, pero mucha fe de que quizás algún lector de este diario me brinde alguna pista para encontrar a mi madre biológica. Lo único que mi papá recuerda es que nací a los siete meses de gestación, que mi madre biológica era una chica que estaba estudiando acá en Rosario, calculo que tendría en aquel momento entre 19 y 23 años, por lo tanto hoy tendrá entre 52 y 56. Era de un pueblo cercano a esta ciudad y por temor a sus padres, y para no perjudicar sus estudios, eligió darme en adopción. No nací en un hospital, sino en la casa de una partera que quedaba cerca de la terminal de ómnibus Mariano Moreno, creo que en una cortada cercana a calle Caferatta, entre Santa Fe y San Lorenzo. Eso es todo lo que sé y no sé por dónde empezar la búsqueda. Deseo de corazón que alguien pueda ayudarme, por mínimo que sea el dato es mucho para mí. Quiero aclarar que no busco una familia; familia y padre ya tengo, y mi papá es quién me crió y dio todo por mí. Sólo busco conocer mi origen y sobre todas las cosas encontrar eso que tanto me faltó siempre: hermanos. Quien pueda aportarme algún dato puede escribirme a [email protected]. ¡Feliz Día mamá! Desde ya, muchas gracias y que Dios los bendiga.
María Fernanda Milan



Por Matías Petisce
