Desde hace tiempo reitero el concepto de que esta generación de universitarios devenidos en políticos utilizaron esta última opción ante el fracaso en el sector privado. Si hacía falta algo para confirmarlo, las dos inundaciones en Capital Federal y la ciudad de La Plata con su secuela de muertes le pusieron el punto. Dicho en buen romance, bastó una severa situación de adversidad producto de un fenómeno natural para poner al desnudo la inexistencia misma del Estado en todas sus posibles manifestaciones; ausencia de estrategias inteligentes en el trazado de políticas públicas a lo largo de tantísimas gestiones gubernamentales; ausencia crónica de planeamiento urbano e interurbano, desagües, transporte y edificación. Estos universitarios demuestran una vez más las razones por las que fracasaron en el sector privado. Confundieron el centro estudiantil con el Estado municipal, provincial o nacional, asumiendo que lo administrativo era secundario, que lo ideológico era lo fundamental y por eso la publicidad y el entretenimiento eran motivadores. Lo importante era el voto y patear la pelota para adelante. Hoy la realidad los espanta con medio centenar de víctimas, que no solo son culpa del fenómeno meteorológico, sino de la falta de organización en la velocidad de respuesta, una función exclusiva del Estado y de sus administradores. Cuando un hijo está con fiebre el padre no duerme, y no sólo porque sea el padre, sino porque es su responsabilidad cuidar el sueño del mismo. El administrador político no está solo para la foto y cobrar el sueldo, esta función no es un empleo más. Están confundidos. Deberían recordar lo que sucedió en diciembre de 2001 y en marzo del 2013 en Junín.



































