Hace mas de un siglo, antes de la Primera Guerra Mundial, centenares de italianos y españoles vinieron a la Argentina para “hacerse la América”, como ellos decían. Desde un pequeño pero hermoso pueblo del sur de Italia, Morano Calabro, con excelente clima y buenos frutales, vinieron mis abuelos maternos a cumplir sus sueños. Primero vino él y después se trajo a la novia para casarse religiosamente. Como en esa época no había televisión, tuvieron diez hijos; cinco varones y cinco mujeres. Los varones no estudiaron más que el primario y aprendieron un oficio. Salvo el más chico, que logró recibirse de agrimensor, el mayor fue relojero, el otro joyero, el otro grabador, y el otro rematador. ¿Cómo era el sistema de elegir profesión? Se trataba de conseguir un lugar donde hacían algún trabajo con algún cuentapropista; y se entraba como aprendiz sin cobro de sueldo. Una vez que se aprendía el oficio se pasaba como empleado rentado, o te abrías y te ponías a trabajar por tu cuenta. De acuerdo a las ganas de trabajar y con esfuerzo, generalmente se lograba una posición. Todos los varones llegaron a tener casa propia, y las mujeres se casaron y tuvieron, sin lujos, un buen pasar. La cultura del trabajo con responsabilidad y esfuerzo siempre fue principio y objetivo de vida. Ah, me olvidaba: en esa época no había asignaciones por hijo, ni planes trabajar. Se me viene a la memoria lo que dijo Martin Fierro. “Debe trabajar el hombre para ganarse su pan, porque la miseria en su afán de molestar de algún modo, golpea en la puerta de todos y entra en la del haragán”.




































