Belén ha pasado años duros. La violencia en Cercano Oriente y la construcción del muro de seguridad israelí en torno a la ciudad espantaron a turistas y peregrinos, asfixiando la economía de un lugar central en la historia del cristianismo. Pero la cuna de Jesús comienza a recuperarse poco a poco y, tras una larga depresión, se dispone a celebrar de nuevo una Navidad con miles de visitantes de todo el mundo.
El levantamiento popular palestino del año 2000 trajo consigo una larga serie de atentados en Israel y represalias militares que tuvieron graves consecuencias para una economía tan dependiente del turismo como la de Belén.
Hasta 2005 fueron muy pocos los que osaron visitar la ciudad cisjordana, en la que se levanta la Basílica de la Natividad, el lugar en el que según la tradición nació Jesús y que, esta Nochebuena acogerá una vez más la popular Misa del Gallo.
"Durante años el turismo y las peregrinaciones casi desaparecieron, pero en 2006 y 2007 todo empezó a recuperarse. Hace pocas semanas superamos de nuevo el millón de visitantes. Hasta finales de año serán en total 1,2 millón, casi como antes de la intifada", afirmó el alcalde de Belén, Victor Batarseh.
Mala época. En los últimos años, quien visitaba la plaza del Pesebre, frente a la Natividad, podía ver a decenas de guías turísticos palestinos hablando entre ellos, con las manos en los bolsillos, sin trabajo alguno ni turistas a los que atender. Los hoteles estaban cerrados buena parte del año, al tiempo que cada vez más tiendas de souvenirs y restaurantes echaban el cerrojo para no abrir más.
Pero hoy por hoy, a la misma plaza llegan ómnibus cargados de turistas. Y según Batarseh, lo importante es que estos pernoctan en la ciudad y los hoteles están llenos. "Ahora necesitamos mayor capacidad hotelera. Antes, los turistas venían, visitaban la Natividad y se volvían, pasando sólo dos o tres horas entre nosotros, sin comer en nuestros restaurantes ni comprar en nuestras tiendas".
La ciudad está rodeada de un muro de hormigón, de hasta 8,5 metros de alto, construido por Israel en la frontera con Cisjordania para evitar atentados terroristas. Según Batarseh, el muro no está afectando al turismo.
"Hasta hace poco, los israelíes hacían bajar de los ómnibus y atravesar los puestos de control a pie a los peregrinos, como tienen que hacer los palestinos. Pero después de mucho trabajo por parte de la Iglesia Católica y la Autoridad Palestina, han dejado de hacerlo", dijo.
Sin embargo, para quien sí tiene consecuencias catastróficas el muro es para la población local, que en su mayoría está acostumbraba a trabajar en la vecina Jerusalén, a apenas nueve kilómetros, y que ahora tiene cortado el acceso a ella. "Yo, como alcalde de Belén, necesito un permiso especial para visitar Jerusalén", afirmó Batarseh.
Por la mitad. "El muro lo ha cortado casi todo. Para trabajar en Jerusalén, los habitantes de Belén necesitan un permiso israelí renovable cada tres meses, permiso que dan y quitan cuando quieren. Tan sólo lo reciben unos pocos. Además, el paso fronterizo cierra a veces hasta por semanas. Muchos han perdido su trabajo por ello", asegura por su parte el franciscano español Artemio Vítores, quien vive en Tierra Santa desde hace casi cuatro décadas.
Vítores es vicario de la Custodia de la Tierra Santa, una institución dedicada al cuidado de los Santos Lugares del cristianismo y la atención a los peregrinos y que, cada vez más, se ha visto obligada a centrar su trabajo en mejorar la calidad de vida de los cristianos locales, una minoría en descenso.
Si antes de la Guerra de los Seis Días de 1967 los cristianos en Belén suponían más del 70 por ciento de la población, hoy apenas llegan al 15 por ciento, y eso si se tienen en cuenta los campos de refugiados anexos a la ciudad. En todo el conjunto de Cisjordania, la población cristiana es inferior al dos por ciento.
La falta de peregrinaciones ha afectado de lleno a los cristianos de Belén, que durante la Intifada, ante las precarias condiciones económicas, han abandonado la ciudad por miles y se han mudado al extranjero, explica el franciscano, de 60 años.
Vítores explicó que, al margen de la importancia económica de las peregrinaciones para la población local, las visitas de turistas y peregrinos del extranjero constituyen también un apoyo moral importante para los cada vez más escasos cristianos locales.
"Cuando una comunidad va disminuyendo a un ritmo tan fuerte, se puede decir que es una comunidad enferma. Por ello, venir aquí es como visitar a un enfermo. No vas a lograr curarlo, pero le das una satisfacción, como si visitaras a un hermano o un amigo. Para los cristianos palestinos es muy importante ver a cristianos de otras partes del mundo", señaló.
El español explica que los cristianos de Belén, al igual que el resto de los palestinos que viven al este del muro, en Cisjordania, afrontan cuatro problemas principales: falta de trabajo, de escuelas, de hospitales y de seguridad social. Pero, según dice, al margen de ser víctimas de la ocupación israelí, también están sometidos cada vez más a una fuerte presión por parte de sus vecinos musulmanes.
"Se encuentran atrapados entre dos bandos. Israel los considera terroristas, por ser palestinos. Para los musulmanes son infieles, por ser cristianos", afirmó el franciscano. "La presión musulmana influye también en la supervivencia del cristianismo. Si alguien tiene un bar en determinada zona, ya no puede vender alcohol. Ha habido expropiaciones indebidas a cristianos o han sido discriminados en la concesión de licencias de construcción, porque los que mandan son musulmanes", aseguró Vítores.
El alcalde de Belén, católico practicante, lo niega. "Aquí no lo he visto nunca. Incluso durante el Ramadán nuestros restaurantes están abiertos y sirven alcohol y cerdo".