En un tiempo ávido de novedad no será esta la ocasión de señalar primicia alguna. Ahora bien, nuestra sociedad ha sido avasallada por la economía, que sin reparo se ha inmiscuido en casi todo, y aunque en esto no hay rastro de noticia, es notable la preponderancia de indicadores económicos al momento de representar el bienestar social del mismo modo que imperturbables estadísticas establecen el crecimiento de naciones y pueblos. Por otra parte, no podemos desatender el asentamiento del binomio producción-consumo, que arraigado como medio y fin mismo de la economía no ha provocado más que la devastación sostenida de la naturaleza y el avance de una miseria globalizada. Hoy día atestiguamos el debilitamiento de Estados y democracias que maniatados por poder y el sesgo propio de la economía se permiten todo tipo de estragos en nombre del santo mercado. Es probable que este modelo social afianzado y naturalizado no nos permita pensar nuestro tiempo con claridad. Un pueblo originario de Nueva Guinea, los arapesch, supieron preguntarse por el mundo y en su cosmovisión concebían a éste como una huerta que debe ser cultivada, no para uno mismo, a fin de guardar y luego practicar la usura, sino para que los perros, cerdos y niños puedan crecer, mirada que nos revela que la economía no radica en acumular sino en compartir, vaya paradoja.



































