No está mal preservar nuestro patrimonio arquitectónico y cultural, el medio ambiente, algunos objetos históricos o las tradiciones que educan; pero cuando la cuestión se refiere al rechazo de los cambios sociales estamos en presencia del conservadorismo retardatario, y si a este pensamiento le sumamos hipocresía, entonces tendremos gatopardismo. El término tiene su origen en la novela de Giuseppe Lampedusa “El gattopardo” (1958), donde se relata la doble personalidad de un pseudo revolucionario de origen noble quien decía “si quieres que todo siga siempre igual es necesario que todo cambie”. Cuando hablamos de gatos podemos referirnos a ciertos felinos pero también a ciertas personas con precio, por otra parte el término cambio tiene varias acepciones, algunas cuevas se llaman casas de cambio, si tratamos de tranquilizarnos decimos hay que bajar un cambio, cuando no queremos dar el vuelto chico alegamos no tener cambio y si nos postulamos para algún cargo hacemos retórica sobre la necesidad del cambio. De cualquier forma debemos aceptar que el cambio es parte de nuestras vidas, nada es igual que ayer, el movimiento es constante, aunque como dijera Lavoisier, nada se pierde, todo se transforma. Algunos niegan este proceso porque les gusta vivir en el pasado o quizás por inseguridad, cobardía o conveniencia, se oponen por ejemplo a las nuevas concepciones del pensamiento, al progresismo inteligente, a los adelantos tecnológicos, a las reformas en la Iglesia o a las políticas económicas inclusivas, pero como estas posiciones son fácilmente rebatibles, esgrimen un discurso de aceptación aparente, cuando en realidad quieren que todo quede como antes; estos son los gatopardos, los que como los de la novela, mientras las mayorías se entusiasman creyendo que todo está cambiando, ellos no predican con el ejemplo y siguen trabajando para que todo siga igual (cualquier similitud con algún conocido es casualidad). Creo que sería saludable desenmascarar sin violencia a estos personajes que hablan en base al refrán “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Digamos, finalmente que los cambios biológicos son inevitables pero los sociales, los urbanos o los referidos al bienestar comunitario sólo se pueden lograr con valentía y convicciones, sin oscurantismos ni privilegios. Alguna vez nos dijeron que los rosarinos éramos “comegatos”, sería bueno que si vuelve la malaria, los próximos sean sólo pardos.




































