Salió del colegio con su título de maestra, entre libros y recuerdos, con la valentía de los jóvenes que añoran cumplir sus objetivos y la fortaleza que le da la mirada hacia adelante. Entendió que había mucho por recorrer y que valía la pena. Se instaló en el campo, allí donde las posibilidades son un privilegio para pocos. Decoró su salón, el alfabeto en letras grandes, era una arco iris. Pintó una pizarra enorme, donde con tizas blancas escribiría todos los días para ver sonreír a sus alumnos. Ellos la esperaban con los ojitos llenos de esperanza. Fue la maestra del pueblo, crecieron juntos, dando y recibiendo, como un contrato que no necesitaba más que la simple caricia del encuentro y el agradecimiento en la despedida. Pasó algún tiempo y tuvo la certeza de que había mucho más por hacer. Se despidió del campo y de sus ángeles blancos, llevando consigo experiencia, cariño y satisfacción de haber cumplido parte de su sueño. Sabía que había más por hacer, trabajó en otras escuelas, ya como maestra de la ciudad, las realidades y necesidades eran diferentes, pero se nutría de todo aquello. Comprometida con su corazón, fue maestra, madre, amiga y cómplice de sus alumnos. Cada uno de ellos era especial, pudo amar sus diferencias y respetar sus tiempos. Estuvo del lado de los desamparados, esos que se quedan atrás, que nadie ve, y siguió soñando. Un instituto que ayudara a los chicos con tiempos de aprendizaje diferente, esa era la idea. Así lo hizo, trabajó en la temática y a la par de otros docentes siguió el camino, ayudar a estudiar, dando las herramientas y tiempos necesarios, estando cerca, entregándose. Valía la pena. Pero su sueño era aún más grande. Una escuela para alumnos con tiempos diferentes, un lugar donde ellos pudieran desarrollar sus capacidades cognitivas, motrices e intelectuales, integrándose así a la sociedad, teniendo las mismas posibilidades. Pensándolos como individuos capaces de sentir que pueden, que saben, que el mundo está esperándolos y son parte de él. Un sueño imposible para muchos, sanador para ella. Había un largo camino por recorrer, era una tentadora hoja en blanco, nada la detuvo, se sintió poderosa. Sabía que podía hacerlo. Hubo muchas piedras que supo esquivar, salió adelante, caminó, recorrió, luchó. Todo y más valía la pena, ellos esperaban. Logró lo imposible y la escuela empezó a funcionar, sin recursos, ella los inventaba, sin posibilidades, ella proponía. Sufrió caídas y volvió a empezar. Llegó lejos, hubo personas que la acompañaron, con las mismas ganas, sus colaboradores de siempre. Su lucha logró hacer tomar consciencia de la problemática y sobre todo alentar a aquellos que creían no poder. Su cuerpo frágil estaba cansado y un 28 de enero de 2006 decidió alejarse físicamente. Aunque jamás abandonó a sus alumnos, los de ayer, los de hoy y los que vendrán a esta escuela dándoles el derecho de estudiar y progresar, entendiendo que todos tienen las mismas posibilidades y sobre todo, todos pueden cumplir sus sueños. Ella entregó su cuerpo y su alma a una idea, que fue un proyecto y hoy es una realidad. Matilde Luisa Chiavarini falleció un Sábado de Gloria. Ella siempre tuvo la certeza de que todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su tiempo y su hora.
Roberto Caballero
DNI 4.366.746
La comisión inmobiliaria
Hay una cosa que siempre pensé, no soy un experto, y sinceramente la cabeza no me da, tal vez, para entender más, pero ¿por qué los inquilinos pagamos el servicio de las inmobiliarias cuando claramente a nosotros no nos brindan nada que no pueda hacer el dueño? Aclaro, porque a lo mejor no queda claro. Pongamos un ejemplo, hipotéticamente soy dueño de un inmueble, le doy mi departamento a una inmobiliaria para que me lo alquile, es decir no hago nada (entiendo lo de la gran inversión, pero es otra discusión). La inmobiliaria lo muestra, consigue el inquilino, hace las averiguaciones, hace el contrato y después lo cobra todos los meses. El dueño no hizo nada. Le resolvieron todo. Pero, contrariamente a la lógica imperante en el mercado tradicional, todo ese servicio lo paga el inquilino, a quien le da lo mismo hablar con el dueño o con la inmobiliaria, es más, en la mayoría de los casos prefiere hablar con el propietario. ¿Entonces por qué somos los inquilinos los que, además de pagar un alquiler, pagamos también la “comisión inmobiliaria”?
Emanuel Piumetti
DNI 33.867.984
Buenas y malas noticias
A los ciudadanos comunes nos cuesta mucho recibir buenas noticias. Hace unas semanas se logró la detención de los tres narcos fugados de la cárcel que han herido de gravedad a dos policías y aún luchan por su vida, entre otras situaciones que ha tenido en vilo a los habitantes de Santa Fe. Otra excelente noticia fue la que, sin sonrojarse, propagó el mismo Víctor Hugo Morales, un uruguayo que oficiaba de periodista, locutor y comentarista que fue echado de radio Continental. La utilizó como su guarida lanzando al aire sus ofensivos comentarios muy al estilo patotero desprestigiando al que no profesa su ideología kirchnerista. Es decir, ser genuflexo k por haberse enriquecido con fondos del erario. Se hizo famoso por sus groserías carentes de la más mínima educación. La siguiente noticia, lamentablemente, no nos satisface. Dos jueces federales: Ivan Garbarino y Martina Forns, emitieron cautelares a favor de Sabbatella anulando los decretos emitidos por el Poder Ejecutivo que lucha para rescatar al país. Es evidente que en la Justicia aún hay residuos que “deben”, por favores recibidos, proteger a personajes siniestros como Sabbatella. Un delincuente que se apodera hasta de los salarios de sus militantes. No queremos en el país sujetos que viven nada más que para desprestigiar y poner palos y piedras en la rueda de quienes están gobernando decentemente y con la suficiente altura moral que nunca tuvimos antes.
Sarah Baxtell
DNI 12.306.110
Discurso único al oficialismo plural
Fueron demasiados años de hegemonía discursiva. La permanente apelación al ordinario recurso del panfleto, apoyado siempre en la burda propaganda, utilizada para adoctrinar y que así todos dijeran exactamente lo mismo, repitiendo sistemáticamente sin pensar, se empieza a esfumar lentamente. Tal vez sea por eso que cuesta tanto acostumbrarse a este original arquetipo que se está configurando paulatinamente, día a día, que asoma muy tímidamente y que viene generando innumerables ruidos en ese engorroso esquema de progresiva adaptación. Los hábitos no se cambian con facilidad. Llevará tiempo lograrlo, porque primero se debe internalizar ese proceso, comprenderlo con total claridad y asumirlo luego como absolutamente natural, como parte esencial de una evolución que finalmente se integrará a la rutina cívica. Quedan atrás los tiempos en los que el mandamás decidía, casi en soledad, y luego imponía sin piedad, desde su arrogante liderazgo mesiánico, los argumentos a utilizar para que una porción de la sociedad se apropie de ellos y los defienda con idéntica convicción. Se viene ahora un tiempo distinto, de individuos libres, con criterio propio, que forman parte de una comunidad más abierta, diversa y plural. En definitiva, al final de esta etapa, florecerá algo más parecido a una sociedad civilizada que a un rebaño que sólo reitera lo que otros pensaron por ellos. Todo eso supone un gran esfuerzo, de convivencia en el disenso, de respeto irrestricto por la visión del otro, de incondicional tolerancia, sobre todo frente a la esperable discrepancia y más allá de las eventuales razones esgrimidas en cada caso. Ese gran desafío precisa del coraje necesario para abandonar todo lo conocido, lo que incluye dejar de lado la eterna lógica del “ellos o nosotros”, esa que invita a dividir a la sociedad en dos bloques totalmente homogéneos, en rivales antagónicos sin ningún tipo de matices. El reto consiste en intentar desarmar los clásicos engranajes del tradicional discurso único que sostienen aquellos que siempre apoyan a los que detentan el poder. Con gran dificultad, pero a paso decidido, se viene estructurando un novedoso modelo de oficialismo, de acompañamiento a los que gobiernan, pero ya no desde la humillante actitud de aplaudidores seriales. Un conjunto de personas, de diversas extracciones ideológicas, con visiones, a veces coincidentes y otras encontradas, conformarán ese nuevo espacio menos vertical. Ya no será el oficialismo abyecto de otro tiempo. Se trata ahora de un grupo de seres humanos con una dinámica distinta, con grandes acuerdos en lo general, pero también con sus propias contradicciones, en ese diálogo abierto, a veces sin norte y otras con más intuición qué razón. El desafío que está por delante es complejo. Recién se inicia este sendero, con gran parsimonia y bastante desorden, con algo de caos y también con cierto desconcierto. Pese a las dificultades, tal vez valga la pena intentarlo. Se requerirá de paciencia y también de perseverancia. Eso será indispensable para pasar del discurso único al oficialismo plural.
Alberto Medina Méndez
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Ideas para mejorar
Hace más de un año, antes de las campañas electorales, pretendí adelantarme con suficiente anticipación a las inundaciones que todos sabíamos que algún día llegarían. Mi propuesta era un tanto “distinta” pero tenía el objetivo de generar un debate y que, tanto funcionarios como ecologistas, me demostraran la inviabilidad pero que sugirieran cambios realizables. Lamentablemente, eso no pasó y hoy nos desgarramos las vestiduras por las víctimas de lo que todos sabíamos que tarde o temprano se produciría, pues es parte de la naturaleza. Mi propuesta era: 1. Separar la basura en orgánica, reciclable y no reciclable (que ya está incluido en todos los proyectos de “Basura Cero”). 2. Que el Estado cave zanjas a lo largo de todos los cursos de agua. 3. Dichas zanjas deben ser rellenadas con los residuos no reciclables. 4. Mezclar la tierra de las zanjas con los residuos orgánicos haciendo compost y cubrir con él las zanjas rellenadas con no reciclables. 5. Plantar árboles y plantas con flores (malvón por ejemplo). Con esto se logran varios efectos inmediatos: a) Generar trabajo real. b) Elevar las cotas de los cursos de los ríos creando defensas naturales. c) Darle un uso útil a los residuos no reciclables. d) Las plantas y los árboles retendrán la tierra y oxigenan el ambiente mejorando la regulación del clima. e) Las flores no sólo embellecerían el paisaje sino que permitirían remontar a la apicultura local. No soy técnico ni mucho menos. Esto surge de mi simple razonamiento y por lo tanto tengo la certeza de que incluye errores y que hay gente mucho más preparada que puede tomarlo y hacerlo viable. Esto tiene un costo, pero ¿acaso no es obligación del Estado invertir para prevenir desastres?
Claudio E. Gershanik
DNI 10.866.756