Por desgracia, pudimos confirmar esta idea cuando mi señora, Teresita Passaro, salía de dar su clase de danza en los talleres de la Sala Lavardén y sufrió un accidente cerebro vascular en las cercanías del teatro. Claro que lo que conocimos entonces en medio de esa desdicha fue muy poco, poquísimo de negativo, y mucho, muchísimo de positivo: desde el inmediato traslado al teatro por manos solidarias y, de allí, al Heca por tres días, hasta su permanencia más prolongada en el Hospital Español a la espera de cama en un instituto de rehabilitación. Allá en el Español, en el área Covadonga en particular, mi señora y toda su familia vivimos no sólo el beneficio de la asistencia física; recibimos esa solidaridad que ya no es la ocasional —invalorable por cierto—, sino esa contención y simpatía prolongadas que es la otra medicina, la otra gran medicina. Vaya entonces este agradecimiento a la capacidad y humanidad de los médicos, ni que decir de enfermeras y enfermeros, muchos capaces de hacernos sentir como gente amiga, y a la cordialidad de administrativos y de la chicas y chicos de mantenimiento. No vamos a olvidarlos, un enorme abrazo.



































