Hace algunos días Cristina dijo que sólo aceptará el juicio de la historia. Desde una perspectiva psicológica, en esa afirmación subyace una ilusión de trascendencia. Y en eso la presidenta no se diferencia mucho del resto de los mortales, dado que el hombre es ante todo un ser viviente que habla, y por tal motivo habita y se proyecta en la dimensión alegórica que el lenguaje le posibilita. También es a través del lenguaje como el ser humano es capaz de trascender su naturaleza biológica. Es comprensible entonces que alguien quiera inmortalizarse en el plano simbólico, aunque por lo general no de cualquier forma, sino del modo que lo desea. Cristina entonces, mediante su deseo de que sólo la historia la juzgue... ¿y la absuelva?, no haría otra cosa tender omnipotentemente su poder y existencia terrenal a un más allá imperecedero. En ese lugar metafísico, el valor de su persona y de su obra se perpetuará, e incluso podrá acrecentarse, como le ocurrió a esa importante mujer argentina, cuyo retrato suele acompañar los discursos de nuestra presidenta. Uno de los aspectos que la historia suele evaluar en el aspirante a inmortal, es su capacidad de trascender las limitaciones psicológicas y de otra índole que lo aquejan, para que pueda estar a la altura de los desafíos que se le presentan. Pero por lo que estamos viendo en estos últimos tiempos, parece que Cristina se refugia en la irrealidad para no enfrentar las problemáticas que día a día se acumulan en el país. De mantenerse estas condiciones no creo que la historia le reserve un sitial demasiado importante. Haber presidido el país le da derecho sólo a entrar en la historia cronológica, pero no por la puerta grande de la historia.































