Supongamos que un herrero construye una puerta con dimensiones mayores a las del espacio en el cual la misma tiene que encajar. A continuación, viene un albañil y advirtiendo la falla cometida por el herrero, igualmente amura la puerta que, obviamente, luego no cierra. ¿A cuál de los dos obreros le cabe mayor responsabilidad en el mal trabajo realizado? Ni más ni menos esta disyuntiva se presenta en la educación de nuestros hijos. El herrero somos los padres, y los agentes diversos de la educación, son el albañil. En la enorme deficiencia que se observa en la educación actual de nuestros hijos, son múltiples las responsabilidades no asumidas. Estas comprenden a todos aquellos padres a los que no les interesa que sus hijos aprendan y crezcan como personas, ya que no colaboran con sus hijos, con los maestros, ni con la escuela. Idéntica irresponsabilidad les cabe a los maestros que no enseñan, y a los directores y supervisores que acatan mansamente órdenes de superiores que, sobre la base del error, crean planes de estudios deficientes, como si lo más importante para el alumnado fuera sólo la asistencia a la escuela. ¡Qué lejos estamos de cumplir los ideales sarmientinos de “educar al soberano” y de “gobernar es educar”! Si los padres no llevamos el timón de la barca que es la vida de nuestros hijos, ya estamos en un serio problema. Y si a esto le agregamos que en la escuela, por razones diversas, no se los encamina, no se los corrige, ni se les enseña, estamos tan vulnerables como la casa del inicio de esta carta, a la que no se le cierra la puerta.































