Ya no es como antes. Ahora, cada vez que el cielo se pone negro, El Desubicado tiene miedo. Miedo a cosas que antes no sucedían. O tal vez ni existían. O no le importaban.

Ya no es como antes. Ahora, cada vez que el cielo se pone negro, El Desubicado tiene miedo. Miedo a cosas que antes no sucedían. O tal vez ni existían. O no le importaban.
En el auto. El Desubicado piensa en el auto cada vez que el cielo se pone negro y actualiza los archivos de aquella pedrada que le enseñó a desconfiar todavía un poco más de su entorno y lo instiga a salir, no importa dónde se encuentre o que esté haciendo, a cumplir con la misión de parapetar su más preciada pertenencia de un destino plagado de chaperos y parabriseros que el seguro seguro no cubrirá. No importa si su cabeza es alcanzada por algún hielito veloz en picada, no interesa si su cerebro es alterado por la descarga de un rayo, para eso sí tiene cobertura de la obra social. O quizás no, pero no es momento de pensar en uno cuando el auto está en peligro.
Ya no es como antes, cuando El Desubicado vivía mucho más lejos de los implacables monzones del sudeste asiático o de los catastróficos tornados del midwest norteamericano. Ni siquiera llegaban noticias del zonda de Sarmiento y San Juan. Apenas un pamperito rebelde o una sudestada cada tanto, de esas que parecían mandar la correntada río arriba. Ahora sabe El Desubicado, gracias a la información satelital, de lo que es capaz el huracán Pirulo mientras el aeropuerto de London se convierte en un muñeco de nieve gigante y nadie, ni el rico ni el poderoso, puede escapar de los rayos y centellas de la divina justicia meteorológica.
Ya no es como antes, cuando la lluvia no podía arruinar más que una tarde preconcebida al aire libre para estrenar una bici. O a lo sumo sumar confusión a un partido de fútbol en el que el barro era más fuerte que la camiseta. Ahora ya no hay lluvias bienvenidas como excusa para quedarse un par de horas más en la cama o dejarse ganar frente al televisor, que ahora sí o sí —antes era distinto— se debe desconectar en caso de tomenta, junto con la heladera, el microondas, la PC y el mp-lotas.
¡Alerta!, ya no es como antes. Detrás de todo gran temporal debe haber un gran alerta meteorológico que a su vez tiene que ser la antesala de un gran temporal para no ser tildado de alarmista pastorcillo mentiroso. A veces pasa que un tornado no viene precedido por un alerta, y en ese caso no le quedará otra que soplar muy fuerte para no pasar desapercibido, mientras que al alerta sólo le basta con ser emitido para que todos se pongan a buscar esa amenaza que seguramente esconde el cielo.
¿Es eso justo? Algo cambió, evidentemente, en los últimos siglos para que el ser humano que otrora rindiérale pleitesía a la naturaleza convirtiérase en obtuso venerador una creación cultural y mediática como el alerta meteorológico. Ya no es como antes.
La suerte tampoco es como antes, cuando la buena fortuna podía ayudar, por ejemplo, a gestar una buena fortuna. O al menos pagarse unas vacaciones merced al resultado de una agraciada terminación en la quiniela. Ahora la suerte sólo sirve para salvarse de las catastróficas tragedias que acechan por tevé a la vuelta de cada esquina.
(La tragedia permanente al acecho. Permanentemente al acecho de la mente. Todo es una tragedia, ¿todo puede serlo? La tragedia, y mucho mejor su cada vez más versátil dimensión trágica, tan aplicable a cualquier verdura, es una palabrilla ideal para titular noticias en estos locos tiempos en los que el tiempo a todos vuelve locos.)
Podría adjudicarse a la mala fortuna dejar el auto bajo uno de los árboles que finalmente cederá ante los embates del meteoro. Tiene cierta lógica que el vehículo pueda perecer literalmente ahogado si, en medio de un ataque de nervios inspirado en el granizo, es guardado en una cochera subterránea que se inundará en virtud de los postulados del declive. Pero encontrar el preciado carro totalmente aplastado luego de dejarlo correctamente a resguardo de las piedras bajo la seguridad que inspira un techo de material, ¿a qué se puede adjudicar?
Ya no es como antes, pero hay cosas que nunca cambian. No hay alerta meteorológico que valga si uno está meado por los perros.

