Dentro de él, ordenados o desparramados, se encuentran todos los elementos para la práctica del arte de danzar. El bailarín lleva su bolso como un apéndice más de su cuerpo, él lo acompaña en cada momento de su carrera. Si él hablara contaría del esfuerzo de su dueño. De las horas de clases y ensayos. De lágrimas y sonrisas. De los pies cansados, ajados, lastimados. De la frustración y el disfrute por el logro alcanzado. De las primeras zapatillas de punta. De los zapatos y castañuelas profesionales, comprados quizás sacrificando salidas o ropa de moda. En menos de un mes y en distintas zonas de la ciudad a cinco bailarines de mi escuela les arrebataron con ultrajes su tan preciado bolso de danzas. En esta lucha entre pobres. La clase media intentando subsistir con cifras que con suerte llegan a los seis dígitos. Los que viven en la marginalidad con años de atraso, de pobreza, de vejaciones, de ese combo de irresponsabilidades han nacido los rateros (calificativo demasiado benévolo para la agresividad con que tratan a la víctima) de hoy que con sus actos nos obligan a nosotros, los que trabajamos y mantenemos el país en pie, a cambiar de hábitos, a vivir atentos, a enrejar a veces con desprolijidad nuestra casa, a obligar a otros a esperarnos, a llevarnos y traernos, en definitiva, a que nuestra rutina diaria tenga como único objetivo el no ser robado o atacado. Mientras la clase política y los acomodados de siempre siguen sumando ceros a su patrimonio, nosotros (y hoy hablo de los bailarines) seguimos desprotegidos, caminado asustados por la ciudad, intentando defender con uñas y dientes el tan preciado bolso de danzas.


































