El 1º de enero de 2016, a las 9, una joven se dispone a tomar un taxi. Frena uno y a segundos otro atrás a bocinazos e insultos. Del primer taxi baja un oso de 2x2 metros que increpa al segundo: "¿Qué te pasha a vó?". Discuten sobre quién tenía prioridad, el oso vuelve al taxi y le dice "tomáte el segundo, flaca" y se va raudo. La chica empieza a caminar y a la par la sigue el segundo taxi, quien continúa tocando bocina para que se suba. Se niega y sigue caminando. Pensé: "genia". Esos códigos de tacheros me tienen harta, para mí quien paga por el servicio decide. Asocié esta anécdota a que gracias a las mujeres se han podido destrabar conflictos. La «huelga de piernas cruzadas» se ha convertido en un reclamo recurrente por las mujeres de todo el mundo para frenar conflictos políticos, los crímenes o el tráfico de drogas. En la antigua Grecia, Lisístrata, un personaje de Aristófanes, usó igual táctica para poner fin a la guerra que enfrentaba a atenienses y espartanos. Fuente de inspiración para mujeres de todo el mundo que se valdrían de este método como arma poderosa para ganar arduas batallas. Las costureras de la villa filipina de Dado, hartas de no poder entregar sus productos por la violencia en las carreteras, presionaron a sus maridos negándose a tener relaciones sexuales. Los combates cesaron en pocos días y la carretera principal volvió a ser segura. Los hombres prefirieron el sexo a la guerra. Es el caso de Leymah Gbowee. La Nobel de la Paz emplazó en 2003 a las mujeres de su Liberia natal a una huelga de sexo que consiguió poner fin a la guerra civil que atravesaba ese país africano. La «huelga de piernas cruzadas», en Colombia, sirvió para frenar el tráfico de drogas y crímenes violentos. La idea se repitió luego en Kenia a modo de protesta por tensiones políticas. Conflictos resueltos por estas domadoras de las necesidades del hombre. Quizás sea una solución como lo fue en Colombia para erradicar la violencia en Argentina.



































