Las inundaciones en la ciudad de Buenos Aires y en el área metropolitana —muy especialmente en La Plata-, con su secuela de más de cincuenta muertos y miles de afectados son un toque de atención dramático para todos quienes ejercen funciones dirigenciales. Se trató, por cierto, de un acontecimiento de características extraordinarias. No podemos saber si fue, también, imprevisible, por lo menos en cuanto a su magnitud. Ello requeriría contar con elementos de juicio sólidos respecto de la dudosa confiabilidad del Servicio Meteorológico Nacional. Pero es probable que un hecho de esta índole no pueda ser previsto con la necesaria precisión. Fue tan profunda la conmoción generada que hasta la presidenta de la Nación quebró la conducta que tanto ella, como su marido, habían desplegado en casos anteriores de masacres colectivas, por caso Cromañón y la tragedia ferroviaria de Once. En esta oportunidad no se alejó del teatro de los hechos, ni se mantuvo silente por varios días, sino que se hizo presente en Tolosa, su barrio platense de la infancia, y en Villa Mitre, una de las zonas más afectadas de la ciudad de Buenos Aires. Claro que por más que su cambio de actitud haya sido positivo, no se modifican de un día para el otro los rasgos de una personalidad, sobre todo en la edad madura: en lugar de limitarse a escuchar y reconfortar a las víctimas, la señora de Kirchner las interrumpió constantemente para aleccionarlas y para señalarles que una inundación peor había sufrido ella cuando vivía allí, y que sabía lo que es perder todo (un episodio de su vida que hasta el momento era desconocido). A la presidenta le cuesta despegar la historia argentina de su propia biografía. Lo importante sería que ese gesto no se quedara en una imagen para las fotos. El Estado debe desplegar una multitud de acciones destinadas a reparar las consecuencias del devastador temporal. No es este el momento de los reproches, sino el de los esfuerzos denodados por evitar daños mayores y por ayudar a las víctimas. Superada la emergencia, será necesario evaluar cómo se desarrollan las políticas públicas en la Argentina. Es inadmisible que obras imprescindibles en materia de infraestructura no se realicen porque el gobierno nacional le niega un aval para un crédito muy ventajoso al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, por el único motivo de no subordinarse políticamente a aquél; o que retacee fondos que necesita la provincia de Buenos Aires mientras el gobernador Scioli no renuncie a su candidatura presidencial. Estas actitudes son impropias de un país serio. Los que pagan el precio de tamaña irresponsabilidad son personas de carne y hueso, no piezas en un tablero de ajedrez. Por eso muchos vecinos reaccionaron indignados cuando, tarde y mal, apareció la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, tal vez la cara visible del manejo clientelístico de los recursos públicos. Afortunadamente, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de nuestra historia, conmovedoramente la solidaridad de nuestro pueblo ha vuelto a aflorar, lo que nos permite abrigar la esperanza que el cambio que el país necesita se va a producir desde abajo hacia arriba. Es hora ya de volver al cauce de la cordura. El magisterio del Papa Francisco nos brinda a los argentinos la oportunidad de dejar de lado las confrontaciones inútiles y mezquinas. Debemos ponernos a trabajar sin pérdida de tiempo por un futuro que nos incluya a todos, sin personalismos empobrecedores, al abrigo de nuestro gran pacto de fraternidad y convivencia que es la Constitución nacional. Lo importante, de todas formas, es que ese mensaje ya llega a las personas comunes.



































