En las últimos días se ha debatido la cuestión de la homosexualidad y las declaraciones de nuestro obispo. Comencé a preguntarme qué pensaba Jesús al respecto. Como es lógico, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad hecha hombre, no habló directamente de este tema, aunque en lo esencial, vino a redimir al hombre del pecado y a dar como mandamiento supremo “la ley del amor”. Pero, ¿de qué amor habló? Se refería el Señor no sólo al amor carnal o “eros”, sino al amor oblativo o “agapé”, a dar la vida por otros, a amar como él mismo nos amó; un amor cimentado en Dios, capaz de sacrificio, de aceptar al otro como es, con sus defectos y fallos, pero fundado en la verdad (es decir, en Dios mismo). La caridad en la verdad. Por eso no todo amor “es bendito por Dios”, sino aquél que se basa en sus designios creadores. Todo en la naturaleza nos habla de este amor divino. Y cuando el hombre transgrede el orden natural comienza a pervertir la obra de Dios. Me pregunté por qué un Dios tan bueno y compasivo había destruiido a Sodoma y Gomorra. Y leí en la Biblia (Génesis XIX,1-29) la causa de su ira: la perversión en la que habían caído sus habitantes. Y antes, un diluvio terrible había destruido la tierra, excepto a Noé, su familia y a todas las parejas de animales que poblaban la tierra (salvados por expresa orden divina para que luego pudiesen reproducirse). Seguí buscando, y Jesús afirma claramente en Marcos X, 6-8 que “desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos serán una sola carne”. ¿Y qué sentido tendría crearlos varón y mujer y aprobar esta unión? ¿Y bendecir el matrimonio en las Bodas de Caná? El sentido de la reproducción humana, formando una familia. Por eso Jesucristo habla en el Evangelio de padres, madres, hijos, suegras y nueras. Cuando al papa Francisco le preguntaron qué pensaba de los homosexuales, contestó : ¿quién soy yo para juzgarlos? El catecismo tiene palabras bellas sobre este tema...Soy hijo de la Iglesia. ¿Es que se equivocó Francisco? ¡Claro que no! Ni él, ni yo, ni nadie es quien para juzgar a otro. Tampoco al padre Ignacio, pues no sabemos los motivos internos de su obrar. Pero Francisco agregó la claridad del catecismo que conviene que repasemos, ya que en su punto 2357 asevera: “La Sagrada Escritura los presenta (los actos homosexuales) como intrínsecamente desordenados... pues cierran el acto sexual al don de la vida (Gén XIX, 1-29 ; Rom I, 24-27 ; I Cor 6, 10 ; I Tim 1-10). Y en el punto 2358 agrega: “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”. Y en el 2359 define : “Los homosexuales están llamadas a la castidad”. Esta es la posición de la Iglesia y, por lo tanto, del Papa. Diferencia claramente la homosexualidad como tendencia y el derecho de quienes la poseen al respecto e incluso a asistir a la Iglesia y vivir de su vida sacramental, de los actos homosexuales (léase también uniones estables con todas sus consecuencias). Cualquier persona que perteneciendo a la Iglesia afirme algo distinto no está en comunión de ideas con ella. Pensemos cada uno de nosotros cómo podemos vivir mejor este amor de Jesús. Amor con mayúscula, en nuestra mente, corazón y nuestra vida práctica.
Liliana Manguzzi Cointry



































