Durante casi una década, el gobierno concentró sus energías en mantener vivo parte del trágico fantasma de la década del setenta, que le es funcional a su construcción de poder; perseguir para silenciar medios de comunicación no adictos; desplazar o eliminar jueces; someter conciencias ciudadanas; buscar reelecciones absolutistas eternas; volcar ingentes recursos para relatar un país irreal —el real parece ser una "visión distorsionada" de los que no creen en el relato— y bloquear los castigos para los funcionarios corruptos. Esta es la verdadera crisis energética, madre de todos las demás, que están llevando al país a una peligrosa descomposición. Si las energías se hubiesen direccionado a resolver las crisis de inseguridad, orden público civilizado, pobreza e indigencia, viviendas, educación pública y economía e inflación, creando condiciones para un crecimiento de bases sólidas, con toda seguridad hoy no tendríamos la grave insuficiencia de recursos energéticos y otras graves falencias que dañan la calidad de vida de la sociedad, que salió a manifestarse y denunciar esa realidad.































