El hombre tiene las manos endurecidas por los largos años que pasó trabajando en
el campo y no pronuncia palabra. A la mujer parece que le cuesta hablar y a veces responde con
monosílabos. Los dos están convencidos de la inocencia de su hijo. Quienes dicen cobijar esta
certeza son los padres de Juan Pablo Carrascal, el muchacho de 30 años que fue condenado a prisión
perpetua por la violación y el crimen de la docente rural Daniela Sparvoli.
María Raquel Guedón tiene 53 años. Dice que un tremendo dolor la atravesó cuando
condenaron a su hijo, pero acepta que el sufrimiento de los familiares de Daniela es aún mayor.
Asegura que pudo sobrellevar la angustia ayudando a los compañeros de prisión de Juan. "Les llevo
ropa que yo coso y comida", comenta.
Ernesto Carrascal tiene 61 años y ya está jubilado por una insuficiencia renal
crónica que le impidió levantar las cosechas en un campo cercano a Cañada de Gómez. Debe someterse
a tres sesiones semanales de diálisis desde hace cinco años.
La vida de pareja se trastocó en septiembre del 2006 cuando detuvieron a Juan
bajo la acusación de haber abusado y matado a Daniela. La docente trabajaba en una escuela de Villa
Eloísa y solía retornar a dedo a su casa en Carcarañá. El 14 de mayo de 2003, su cuerpo apareció
tirado en un camino rural que conecta a Bustinza con Correa. La habían violado y estrangulado el
día anterior luego de retirarse de la escuela y subir a un utilitario en una estación de servicios
de Cañada de Gómez.
Carrascal estuvo entre los primeros sospechosos porque ese día había viajado a
Cañada de Gómez en su Renault Express, de color azul, para buscar un presupuesto de electricidad,
pero no había pruebas para incriminarlo. En mayo de 2006 la Tropa de Operaciones Especiales (TOE)
solicitó a la entonces jueza de Instrucción cañadense, Ana María Bardone, que sometiera a un ADN a
Carrascal ante la inexistencia del presupuesto de electricidad que había ido a buscar. El análisis
resultó positivo y lo detuvieron en Mendoza en septiembre de ese año.
Perfil personal. Carrascal tenía 23 años y, según los padres, ya hacía unos diez
que se ganaba la vida como barman en Cañada. Recorría los nueve kilómetros que lo separaban del
establecimiento agropecuario —donde vivía— para asistir a una escuela nocturna. Cursó
hasta segundo año y después creyó más provechoso dedicar su tiempo a ayudar al padre en las tareas
rurales.
A los 21 años Juan se fue a vivir con su novia a Las Parejas. María contó que
dejó muchos amigos en Cañada de Gómez. Y que tenía un rasgo que lo distinguía: la solidaridad.
"Prestaba dinero a compañeros de trabajo y llevaba en auto a sus casas a las mozas del bar",
recordó.
En Las Parejas con su mujer abrieron un salón de fiestas infantiles. Después,
comenzó a conducir los vehículos de la empresa de fumigación de su suegro. El 14 de mayo del 2003,
fecha del crimen, conducía una Renault express de color azul por Cañada de Gómez. Fue a un negocio,
según dijo, a pedir un presupuesto de electricidad.
Manejar ese vehículo convirtió a Carrascal en sospechoso. En un primer momento,
las dudas se disiparon cuando la pericia que le realizaron al vehículo resultó negativa. Juan es
una persona introvertida y, según contó María, casi nunca habló con sus padres del violento
episodio. El resultado del examen lo tranquilizó y su vida continuó con normalidad. Sin embargo,
tres años después, una prueba de ADN lo complicó.
—Sí usted dice que es inocente, ¿por qué cree que le imputaron la violación y el
crimen a su hijo?
—No sé. La policía fue a pedir el presupuesto a la casa de electricidad y
en teoría nunca lo encontraron. Sin embargo, este papel apareció a los tres años: lo entregó la
pareja de mi hijo. El ya estaba detenido y le habían hecho la prueba de ADN.
Defensa del hijo. A fines de 2005, Juan se separó de su mujer. Tres meses
después comenzó a trabajar en el campo de un familiar en Córdoba.
El 13 de agosto del 2006, Juan Pablo visitó a sus padres y nada dijo de su
intención de viajar a Mendoza. El 18 de septiembre, una comitiva de la TOE lo detuvo en esa ciudad.
La mujer dijo que es llamativo que el muchacho —ya pesando sobre él la acusación por el
crimen de Sparvoli— se hubiera alojado en un hotel frente de la Jefatura mendocina y
trabajado en un bar a media cuadra de allí. "Si era culpable por qué se quedó en la zona viviendo
dos años con su pareja", se preguntó María.
La mujer contó que, en el encierro en la cárcel de Coronda, el muchacho nunca se
pronunció acerca del suceso. "Nunca habló. Siempre nos dijo que nos cuidáramos. El está amenazado,
pero no sé quién lo amenazó y afirmó que el muchacho admitió el hecho bajo torturas. "Un comisario
(de la TOE) lo hizo declarar a las 2 de la mañana, le pusieron la bolsa de nailon y lo torturaron.
Después lo llevaron a la Jefatura de Cañada, donde declaró sin un defensor".