Existen en este momento en nuestro país alrededor de 700 personas en riesgo de muerte inminente por padecer de hepatitis C, lo que los ha llevado a una cirrosis o a un cáncer hepático. Y, además, un elevado número superior que se va arrimando en forma silente a esa situación desesperante. Y el Anmat, distraído en vaya a saber en qué cuestiones, no termina de autorizar el ingreso a la Argentina de las drogas recientemente descubiertas que la curan en el 98 por ciento de los casos. ¿Qué podemos hacer? ¿Ir despidiendo una a una a esas personas acompañando el dolor familiar? ¿Agregar los "casos" a las estadísticas fatales que suman, según la Organización Mundial de la Salud), 4.000 muertes por día en el mundo por causa de la hepatitis B y C? ¿Agregar esta noticia en los medios que al cabo de dos minutos de ser leída sólo quedaría grabada en la mente de los cuantiosos enfermos y sus familiares? Se me ocurre que no alcanza. Y como tiempo no queda, ¿le parece al lector que podríamos subirlos a todos arriba de un avión sin piloto que sobrevuele Los Andes? ¿Llamaría así la atención del gobierno, o de los candidatos políticos tan cargados de ideas milagrosas para solucionar los problemas más serios del país? ¿Creen ustedes que quizás se les ocurriría algo para salvarlos?

































