De Belgrano, es poco decir que fue poseedor de cualidades cívicas morales e intelectuales, prudencia y templanza; honradez, dignidad y honor. Fue uno de esos héroes que prefieren morir en combate antes que de otra forma. Belgrano era un gran devoto de la Virgen de la Merced y como era un hombre de honor no se quedó con ningún estandarte que ganó en batallas. De las banderas que obtuvo en los enfrentamientos de Tucumán y Salta, dos las donó a Buenos Aires, otra a Tucumán y las otras dos al Museo de Luján. Era un intelectual, abogado, militar y un revolucionario, a quien como héroe nacional le cabe un lugar junto a San Martín, unidos en un monumento frente a frente, por un solo ideal, la libertad de la patria. Ambos, sin disminuir el honor de otros héroes argentinos, es un menoscabo compararlos con ninguna otra dignidad política nacional, tal la opinión del señor vicepresidente Amado Boudou. El recuerdo de los héroes, tanto de Belgrano como de San Martín, es la picana que hinca el corazón para que no se adormezca el sentimiento por la patria. Las disertantes en sus discursos frente al Monumento a la Bandera, digo con todo respeto, en cada una primaron por sobre todas las cosas, los intereses políticos sin tener en cuenta las virtudes de Belgrano. ¿Dónde quedó la historia de la Batalla de Tucumán librada los días 24 y 25 de 1812? ¿Dónde quedó el juramento a la Bandera a orillas del río Pasaje? ¿Dónde quedó el capitán Apolinario Saravia, salteño que se le ofreció a su jefe, el general Belgrano y éste le concedió el mando para conducir a su regimiento a través de una secreta senda de altura para no ser vistos por los realistas, previo a la batalla de Salta? Donde Belgrano erigió una cruz sobre la fosa común de los muertos en esta batalla por el solo hecho de que él pensaba que se trataba de una lucha entre hermanos americanos. Quién recuerda esta frase textual de Belgrano: "Estos miserables ranchos (ver los costados de las vías del ferrocarril que cruza nuestra ciudad) donde se ve una multitud de criaturas que llegan a la edad de la pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto, mucho me falta para ser un padre de la patria". En el mes del recordatorio de la muerte del general Belgrano no se necesitan muchos y complicados discursos. Sólo recordar que en momentos antes de su muerte se puso en la engorrosa situación de tener que solicitar al gobierno el pago de un dinero que le debía, para él saldar sus deudas. Y en la más absoluta indigencia para morir tranquilo le entregó su reloj de oro a su amigo Rehead con estas palabras: "Es todo cuanto tengo que dar a este hombre bueno y generoso". El valiente y honrado Belgrano murió en su casa natal el 20 de junio de 1820, a las siete de la mañana. Lo rodeaban apenas unos pocos amigos.
































