Fue una época de alcoholes estridentes y andanzas sin límite. La ciudad empezaba donde nosotros queríamos y no se terminaba nunca. La noche, en cambio, y como la vida, tenía fin: inevitablemente llegaba, inoportuna pero bella, la mañana.

Fue una época de alcoholes estridentes y andanzas sin límite. La ciudad empezaba donde nosotros queríamos y no se terminaba nunca. La noche, en cambio, y como la vida, tenía fin: inevitablemente llegaba, inoportuna pero bella, la mañana.
(Y nos encontraba en cualquier parte, riéndonos casi siempre. Irreverentes, salvajes y –ahora lo comprendo– hermosos en nuestra desafiante libertad, que se negaba a ser vencida por el mundo, por la razón y por los años).
Ahora, claro, es tarde. Como suele pasar, llegó primero la muerte y se quedó con todas las flores. Las flores se pudren y los recuerdos pasan. Pero hay un poco de tiempo, antes, para que intenten salvarlos las palabras.
Y eso es lo que busco hacer aquí, salvar a los recuerdos de la muerte que se llevó al amigo. El ya está muerto pero por favor que no le pase lo mismo a la memoria. El ya se fue, malamente y dolorido, pero no vamos a dejar que el dolor nos derrote y nos aplaste o nos convierta en polvo y en olvido.
La ciudad se abría generosa y nosotros la andábamos sin miedo. Éramos amigos como sólo a los veintipico se es amigo. No nos importaba casi nada, es decir, nos importaba lo importante. En esa lista no figuraban el dinero ni las mujeres: sí el amor, que no es lo mismo. Y los libros, los discos, los árboles, los ríos, las botellas, las ideas, las calles, los perros, los naipes, la dulzura.
Creíamos en los gestos y éramos capaces de tenerlos. Creíamos en la aventura y teníamos el coraje de buscarla. Creíamos en el mar y fuimos a verlo.
Lo que nos separó después no importa. Estaremos siempre juntos en alguna vereda. Nuestras sombras se quedaron por ahí abrazadas. En algún barrio caminamos zigzagueando un poco: ginebras que recorrimos de la mano.
No hace falta nada más que haber estado. Con eso alcanza. Lo hicimos una vez y nos florece. Se nos escapan los pétalos por la boca. Volamos tanto que nos confundimos con el cielo.
El Negro anda en los bares y en nosotros. Hasta que otra vez nos reunamos, lo seremos. Bandera
que entregamos al viento.
Amigo.



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