El domingo pasado amaneció cálido y luminoso. María Alicia Salazar se dirigía por la ruta 9, mano de oeste a este, casi llegando a la ciudad de Funes, para asistir a la misa de las 8. Se había vestido con jean, campera y chatitas negras. Impecable, como siempre. Seguro que tendría en su mente algún hermoso pensamiento, acompañado de una tenue sonrisa. Le gusta reír y hacernos reír. De pronto un golpe feroz en la parte trasera de su automóvil y allí comenzó el horror. Una camioneta Hyundai Santa Fe, que según los trascendidos, era conducida por un joven de apellido con A, acompañado de una señorita, fue la que embistió el coche de María Alicia, quien quedó apresada entre hierros retorcidos. La pareja huyó cobardemente, dejándola desamparada. La legislación encuadra el hecho en un frío abandono de persona. Para nosotros, sus amigos, el hecho se encuadra en un desgarrador: cobardes. A pesar de la fuga, el vehículo fue inmediatamente localizado, el impacto dejó sobre el camino la verdad irrefutable: la chapa patente delantera de la camioneta. De nada le sirvió la huida indigna. Nadie puede escapar de sus errores, la placa que quedó en su desacertado camino le está gritando: a los errores hay que asumirlos. María Alicia sigue en coma asistido, anoche sufrió un edema pulmonar, hoy nos pidieron dadores de sangre. Cada uno de los que la queremos, vivimos este cruel momento dándonos fuerzas mutuas; los que creemos en el poder de la oración, oramos. Todos, absolutamente todos, esperando que nuestra amiga salga de las tinieblas y nos vuelva a sonreír con su alegría contagiosa. Pensamos que nadie puede pintar de oscuridad y horror la vida de los otros y salir indemne, por eso le decimos al conductor de la camioneta que sobre sus espaldas y su conciencia tendrá siempre la pesadez dolorosa de haber abandonado a una mujer en coma.































