El conflicto de los trabajadores del neumático, que duró cinco meses y se cerró con un acuerdo de aumento salarial, desató pasiones. Empresarios, periodistas, políticos opositores, funcionarios del gobierno nacional y algunos dirigentes sindicales, cayeron con ferocidad sobre el reclamo y la conducción del gremio, sin ahorrar amenazas ni estigmatización. Pero del otro lado hay una mirada que valora la pelea como un caso testigo del estado de la puja distributiva, en la que trabajadores dan pelea salarial frente a empresas con récord de actividad y ganancias.
Carlos Zamboni es abogado laboralista y asesor de la federación nacional de trabajadores del complejo oleaginoso, una organización sindical que en los últimos años se convirtió en referencia de lucha. Considera que en este y otros conflictos del momento emerge a la luz pública “un mundo sindical que no sale en los diarios ni en la televisión”. Es el de “los 70.000 delegados y dirigentes que hay en todo el país, adentro de cada fábrica, que no van a comer a la Quinta Olivos sino que quieren luchar para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores”. Esta es, a su juicio, una clave para leer “lo que pueda venir en los próximos años” en materia de disputa laboral. “Es una buena noticia que haya conflictos porque la verdad es que el salario real que viene cayendo hace seis años y los sindicatos parecían ausentes”, apuntó.
- El conflicto del sector del neumático despertó una reacción virulenta por parte de la de las patronales. ¿Lo vieron como un caso testigo para poner un freno?
_La pérdida del salario real en los últimos años es una constante. Las promesas o las ilusiones del cambio de gobierno no tuvieron un reflejo en el salario de la clase trabajadora. Por ese lado, no sorprende que haya una mayor conflictividad. Sí sorprende en el sentido de que venimos de una inmovilidad pasmosa de los sindicatos. Es una sana noticia que haya conflicto. No hay que tenerle miedo a las huelgas. En las mejores etapas del capitalismo siempre hay disputas, es la forma que tiene el mismo sistema para poder avanzar. Y al final hay acuerdos.
-¿Hay además un discurso político que encuentra beneficios en esa estigmatización?
- Sí, está claro. Y no es nuevo. Viene desde los gobiernos neoconservadores de Tatcher y Reagan. Hay una demonización de la clase trabajadora y de los sindicatos que tiene que ver con definiciones de la política económica. Hay una mirada de que la huelga debería ser un delito, inclusive hay proyectos presentados por una senadora de la provincia. Eso no es casualidad, es lo que se viene viviendo en el mundo desde fines de los 70, desde la crisis del petróleo. Las consecuencias ya las sabemos, las hemos sufrido en Argentina. En el caso del Sutna, la amenaza del superministro de abrir las importaciones demuestra que estos grupos económicos están tomando las decisiones. Estudios como el de Cifra muestran que desde la salida de la pandemia, la industria, que todos reconocen como el motor actual de la economía, crece sin pausa. La productividad crece y el salario real cae.
_La rentabilidad de las empresas no aparece en cuestión.
- Eso es lo común en toda disputa salarial. Como dice un dirigente, pareciera que hay que llevar certificado de pobreza para pedir un aumento de sueldo. Y eso que hoy, si fuera así, le deberían dar aumento de sueldo al 80% de la clase trabajadora. Pero lo ausente en el debate es la rentabilidad empresaria. Las exportadoras ganan mucho pero también la industria. Y viene pagando salarios de miseria. El desempleo está por debajo de 7 puntos y tenemos trabajadores formales, con un convenio colectivo, que son pobres. Ahí está el ajuste que se viene dando, por lo menos, desde el 2015 hasta acá. No espero mucho del gobierno. Sí espero más de los sindicatos. Se está desaprovechando una oportunidad. Cualquier balance que uno agarre dice que los empresarios están festejando.
-¿Los actuales índices de empleo sostienen la posibilidad de disputa?
_Hay trabajo. La pregunta es qué tipo de trabajo. Mantenemos la cifra de empleo informal. Después de 2001 bajó en un comienzo pero de 45% a un tercio. Y ahí quedó. Hay una convivencia con un tercio de trabajos informales que tiran los salarios a la baja, que generan condiciones de vida indigna para esas trabajadoras y esos trabajadores. No es muy difícil terminar con el empleo informal, hay que tener una definición política de controlar. No es casualidad sino parte de una política económica que funciona así. Pueden aguantar que los aceiteros o alguna otra actividad tengan buenos salarios pero, en términos generales, prescriben salarios de miseria. Y ahí también hay un hartazgo en la sociedad. La gente está cansada de vivir mal. Estamos viendo cada vez más conflictos. En este contexto, la CGT quiere aparecer como la garantía de que no va a haber conflictividad, desconociendo la historia no sólo de la propia central sino del peronismo. No hubo un momento de mayor conflictividad que durante la presidencia de Perón. No hay otra forma de mejorar la distribución en el capitalismo que no sea con la disputa. Hay muchos sindicatos que dan la disputa. Hay seccionales, fábricas, un mundo sindical que no sale en los diarios ni en la televisión, que está invisibilizado, pero que es el que ha diferenciado siempre al sindicalismo argentino. Son los 70.000 delegados y dirigentes que hay en todo el país. No son Daer yendo a comer a Olivos. Ahí está la clave de lo que pueda venir.
-¿Ves un salto de esos sectores?
_Sí, se está viendo. Hay una renovación generacional. En los cordones industriales de las grandes ciudades hay delegados, hay gente joven que está en los sindicatos. Hay una nueva generación de dirigentes que desde el 2002 vienen con la experiencia que el sindicato dispute. Han recuperado una condición, el primer paso, que es sentirse clase trabajadora y saber que son vendedores de su fuerza de trabajo. Hace 20 años vos le decías a un trabajador aceitero que el salario lo podían discutir con el empleador y se reían. Te preguntaban ¿cómo? ¿no te lo fija el empleador? Todo eso ya no existe. Cualquier obrero te dice: el salario hay que disputarlo con el sindicato. En todo caso criticarán a los dirigentes pero todos tienen esa conciencia y saben que es ahí, que es ese sujeto el que puede mejorar las condiciones de vida de la sociedad. El que puede poner un freno a una reforma laboral, a esa teoría zonza que dice que si no hay piso de salario todo va a funcionar maravillosamente.
-Ahora se ve a mucha gente, incluso trabajadores, prendida en este discurso de estigmatización de las organizaciones sindicales.
_Esto que llaman la batalla cultural la venimos perdiendo. Pero hay un ámbito que es el de las redes y el discurso y otro que está ahí donde está la producción, donde se desarrolla la economía real. Y ahí los trabajadores están sindicalizados, no creen en el Mesías ni en que Milei les va a solucionar el problema. Ahora, los gobiernos progresistas del mundo no terminan de modificar la realidad y el costo es un resurgimiento de la derecha y del fascismo a nivel mundial. Hasta ahora es una derecha muy neoliberal que, a la hora de gobernar como hizo Macri, te empeora la vida. Pero ojo, porque en su origen el fascismo hablaba de salarios, de trabajo para todos. Y el riesgo de que gane terreno también crece por culpa de un progresismo que ataca a trabajadores que hacen huelga. Si uno cree que los compañeros del neumático hacen huelga porque son del PO y quieren tomar al gobierno, no entiende lo básico: que son los obreros que quieren vivir mejor.
Aceiteros, en una paritaria clave
La federación de trabajadores del complejo aceitero arrancó con la revisión de la paritaria 2022. El asesor legal de la federación, Carlos Zamboni, resaltó que la negociación se volverá a encarar en unidad con el sindicato de San Lorenzo, que no está en la federación. Los índices de inflación ya están a punto de superar el 64% que se firmó para lo que va del año 2022 y, de allí, la convocatoria para actualizarlo. En este tramo estará presente la discusión del impuesto a las ganancias. “Es una preocupación muy fuerte que tienen los trabajadores y trabajadoras aceiteras, parece mentira, pero gran parte del salario se va en el impuesto a las ganancias”, señaló.