Cultura y Libros

Una autobiografía intelectual donde no está ausente el latido de la vida

En El centro de la tierra. (Lectura e infancia) el crítico Jorge Monteleone relata con amenidad y hondura su formación como lector, en el marco de una valiosa colección

Domingo 10 de Febrero de 2019

Uno de los proyectos editoriales más interesantes que han surgido durante los últimos tiempos en Buenos Aires tiene un nombre muy particular: Ampersand (ampersand es, literalmente, el signo &). Se trata de un sello que sólo publica libros dedicados, precisamente, a los libros. Y una de las colecciones parte de una propuesta en extremo atractiva: que un escritor cuente su pasado... como lector. Y eso es lo que hace Jorge Monteleone en un pequeño y exquisitamente editado volumen, llamado —Julio Verne de por medio— El centro de la tierra. (Lectura e infancia), que acaba de llegar a las librerías rosarinas.


Monteleone, valorado como escritor, crítico literario y traductor, nació en 1957. Se formó, entonces, en un país que hoy resulta tan remoto como encantador. En él, antes del desastre económico que se desencadenará a partir del Rodrigazo y se profundizará a niveles impensables con la dictadura, los libros de edición nacional abundaban y llegaban a los kioscos de diarios de la mano de sellos inolvidables como Eudeba o, más tarde, el Centro Editor de América Latina. Y además —detalle crucial— Argentina era uno de los principales productores de libros del orbe de habla castellana: aquí no sólo se editaba, también —nada menos— se traducía.

Integrante de una familia proletaria, con profundas raíces en la inmigración italiana, en su formación inicial Monteleone debió lidiar con padres de mentalidad práctica que, en el terreno de la lectura, le aportarían lo justo y necesario. Fue su abuelo materno quien le transmitiría el amor por el acto trascendente y gratuito que es leer. "Su cara y su apostura —describe, con inocultable ternura, el autor— eran una versión itálica de Peter Cushing".

El centro de la tierra se lee como una auténtica autobiografía intelectual, pero en sus páginas nunca está ausente el latido de la vida. Monteleone, más allá de ciertos pasajes donde la formación académica lastra el relato, tiene la virtud de contar con amenidad sin perder, en la fluidez, la hondura. Para el niño que se sumergía, silencioso, en las páginas, el mundo que estaba más allá era DOUBLE_STRAIGHT_QUOTEdeber, castigo, penitencia y enfermedadDOUBLE_STRAIGHT_QUOTE.

El lector que comparta las experiencias del lector Monteleone encontrará, sin duda, momentos de identificación pura. A quien firma esta reseña le ocurrió en varias ocasiones, pero si debiera rescatar una de ellas sería el momento en que se evoca a Henry Rider Haggard y sus excepcionales —y tantas veces subestimadas— novelas Ella y Ayesha, elogiadas por el mismísimo Henry Miller y publicadas en el país por la icónica colección Robin Hood (y acaso aquí esté el modelo de la colección Lectores, de Ampersand: ¿será esa joya llamada Los libros en mi vida, del mencionado Miller, publicada originalmente por Siglo XX,el modelo que se ha seguido? Interrogante que merece respuesta).

En el background de Monteleone están, por ejemplo, Proust, Stevenson, Defoe, José Hernández o Borges, pero también las ediciones baratas de Tor, que permitieron a tantos argentinos descubrir la lectura.

Fervoroso, minucioso en su personal evocación, Monteleone nos pasea por la pasión de su vida y consigue reavivar la nuestra. "Leer fue mi salvación": esa es la frase que define estas páginas.

Lo único que acaso se le pueda pedir a Ampersand en relación con esta notable colección no es sólo continuidad, sino que desvíe la mirada, aunque sea unos centímetros, del universo académico.


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