En la transmisión en vivo, Almeida se hizo eco de las distintas apreciaciones del jurado sobre la novela. Luis Chitarroni señaló que “la narración llana es serenamente compleja, por eso aquello que se cuenta de ninguna manera resulta basto o plano. La historia se cuenta y nada sobra. Se expande, se agranda. El lenguaje es justo, adecuado. Y este libro, excesivo y sobrio, exuberante y suficiente, es el mejor testigo de la ficción que parece faltar y, sin embargo y, sin lugar a dudas, prevalece e incluye la verdad puesta en juego”. Por su parte, Beatriz Sarlo dijo que, en su novela, “Pisano escribe con precisión y una proximidad que nunca cae en el sentimentalismo. Sus ancianos, sus niñas huérfanas, sus pobres no están allí para enternecernos sino para sorprender por su resistencia y su capacidad para inventar nuevos usos de objetos y técnicas que, en la ciudad, ya son obsoletos. Para ellos, en cambio, son el presente y la única forma del futuro”. Por último, la propia Almeida sugiere que el autor “pone en escena un paisaje apocalíptico, ominoso y familiar. Se trata de nuestras tierras, nuestros decires, nuestro paso. Un apocalipsis que, posiblemente, ya esté aquí y que el autor despliega en toda su ferocidad. Una geografía que divide a unos y a otros. La pobreza, el racionamiento, la violencia desbocada y, a la vez, brutalmente administrada; el eco de esa violencia replicada en los cuerpos. El lenguaje es un aspecto nodal de la supervivencia. Ejercerlo o abandonarlo puede convertirse en estrategia y, allí, la memoria, la palabra y la posibilidad de hacer lazos en ese territorio devastado, quizás sean la última esperanza”.
Finalmente, el autor confesó en la ceremonia de premiación que, durante el proceso creativo, su trabajo tuvo una banda sonora que no es precisamente la que aparece en la novela. Sin embargo, la cadencia y el tono de la música que escuchó entonces hacen eco, sin duda alguna, detrás de las páginas del libro. Se trata de una de las manifestaciones del rock nacional, el heavy metal argentino y, particularmente, de la banda oriunda de Buenos Aires Los Antiguos. De hecho, parte de las investigaciones académicas que lleva a cabo el escritor en la UBA tienen como tema su música predilecta. Forma parte del Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (Giihma), con quienes ha publicado dos libros: Se nos ve de negro vestido (2016) y Parricidas (2018). Pisano encuentra en esa forma sonora del lenguaje un territorio plagado de potencias y lo recorre desde la literatura.
El último Falcon sobre la tierra se inscribe en una especie de tecnoficción que nos acerca a un mundo desconocido y, a la vez, definitivamente cercano. Pisano logra, en su escritura, un balance novedoso entre el pasado, el presente y el futuro en clave distópica, recuperando las bellezas y los terrores de la tradición y las potencias literarias de la vida contemporánea para elaborar, de este modo, un híbrido luminoso construido con pocas palabras. Lo cotidiano, eso que ocurre en la trama oculta de los nueve días en los que se concentra la novela, se vuelve una de las claves para avanzar sobre la historia: una conversación mínima, un pensamiento, un encuentro, un recuerdo. Así Pisano evidencia, como señala Almeida, “que en los gestos más íntimos hay construcción de un mundo”. Un viejo corredor de autos, una profesora lesbiana y una nena muda darán volumen a una realidad en la que ha triunfado el mal. Sin embargo, prevalecerá la vida en el desastre. Dirá uno de los personajes: “La esperanza adquiere a veces unas formas muy extrañas”.
Después de su éxito. Juan Ignacio Pisano dialogó con Cultura y Libros.
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–Los personajes que viven en tu obra son muy singulares. Podríamos decir que todos ellos están marcados, de alguna manera, por una alteridad que los acerca a los márgenes. ¿Qué te interesa de eso?
–Das en el blanco respecto a una cuestión: la alteridad. Me interesa de un modo más amplio que respecto de la novela. Diría que es casi el centro de un proyecto de escritura que abarca también mi trabajo ensayístico y académico. En ese sentido, tengo como guía una frase (con guiños lacanianos) que Ricardo Piglia dice sobre Rodolfo Walsh: “La verdad tiene la estructura de una ficción en la que otro habla”. Pienso, además, que siempre la literatura argentina (¿o la literatura toda?) trabaja fuerte con los márgenes. De hecho, El matadero, de Esteban Echeverría, que sería nuestro primer cuento, lleva esa marca de acercamiento a una otredad. Y la mayoría de los autores y autoras que me interesan, y la literatura en general que me atrae, trabaja personajes y situaciones del margen o que enuncian (al menos en el marco de la ficción) desde allí.
Es a la vez un trabajo político en un mundo que lleva permanentemente a la vanidad del ego, a reforzar al Uno, al cierre sobre lo propio y a la expulsión (y destrucción) de la diferencia subjetiva y de las minorías. Trato de que mi trabajo con la escritura (como mi vida toda) vaya en el sentido opuesto: ser otrx(s), establecer agenciamientos múltiples, la posibilidad por sobre la certeza, lo común como parte de lo propio.
–Esta es tu primera novela publicada, ¿de dónde viene y cómo es tu vínculo con la escritura?
–Empecé a pensar a la escritura como algo que valía la pena cuando terminé el secundario. Estudié en una escuela técnica, con orientación en automotores. La ET Nº35, en Caba. Cuando entré quería ser corredor de Turismo Carretera, o preparador de motores de carrera. Cuando terminé, me interesaban más la literatura y la filosofía que la técnica. Ahí empecé a escribir en mi casa poesía, muy influenciado por el Flaco Spinetta, imitándolo un poco. Nació como un impulso de encierro en habitación de adolescente, y con el tiempo se transformó en un proyecto. Entre 2003 y 2009 hice talleres literarios con Paula Jiménez España, Pablo Ramos e Inés Garland. A la vez, en esa época empecé a estudiar Letras, abandonando psicología (luego de haber dejado ingeniería industrial). Fue como un cambio que ocurrió en ese momento. Y cuando empecé a estudiar Letras me fasciné con ciertas escrituras ensayísticas de crítica argentina: Josefina Ludmer, Ricardo Piglia, Jorge Panesi, Beatriz Sarlo, Cristina Iglesia, Nicolás Rosa. Y ahí al impulso por escribir ficción se sumó otro por escribir ensayo y crítica.
Esa relación con la escritura es un proyecto de vida. Una obcecación, una inclinación, algo medio inevitable. Como leer. Si bien esta es mi primera novela publicada, no es la primera que escribo, sino la tercera. Pero el mundo editorial es complejo y nunca quise publicar por mi cuenta, pagando una edición. No conocía a nadie en editoriales, así que tenía que arreglarme solo. Y siempre esperé la posibilidad de que la publicación surgiera por un concurso o algo similar. Por suerte, se me terminó dando, después de golpear muchas puertas.
–¿Por qué escribir ficción en estos tiempos? ¿Qué fuerzas creés que pone en juego ese gesto?
–Desde mi mirada, no solo la literatura crea ficciones (y esto más allá de la condición genérica de cada textualidad). Vivimos entre ficciones: modos de narrar al mundo que no se limitan a brindar sentido, sino a crear mundos: disposiciones de cuerpos en determinadas coordenadas espacio-temporales, determinando posibilidades de acción y de reacción, restringiendo o ampliando formas de vida, repartos que siempre son bastante desiguales. Esos mundos se enfrentan en el espacio público. Hoy, la escritura de ficciones literarias persiste como una voz insistente que viene a señalar la distancia entre lo real y nuestra comprensión de ese real. Viene a recordarnos que vivimos entre ficciones. Diversas discursividades se plantean en lo social como si fueran transparentes y ajenas a esa distancia entre las palabras y las cosas. Se realizan como si ellas fueran lo real, y expulsan al terreno de lo falso o la mentira a otros discursos (nuevamente: la cuestión de la otredad). La literatura está para recordar que en toda formación discursiva reside la posibilidad de otra cosa. En este contexto, atestado de discursos de odio, de formas de la palabra que proponen permanentemente la destrucción del otrx, la literatura permanece en tensión ante esas potencias de muerte. Les opone la fuerza de la posibilidad, de lo que no está cerrado, de lo que está por venir.
–¿Cuáles son tus principales influencias literarias?
–Mis principales influencias son literarias y no literarias. Quiero decir que cuando escribo ficción o ensayo no funcionan en mi mente solo influencias literarias, sino también otras marcas. Son influencias siempre funcionando en red, no en líneas directas. Desde la literatura, mencionaría a William Faulkner, Roberto Arlt, Alejandra Pizarnik, María Moreno, a la gauchesca, a Osvaldo Lamborghini, Philip Dick, Manuel Puig, pero también a otros y otras escritores/as más recientes como Martín Kohan, Mariana Enríquez, Paula Jiménez España, Oscar Fariña, Leandro Avalos Blacha, Fernando Bogado, Leonardo Oyola y Kike Ferrari. Son voces de la contemporaneidad con las que me siento afín, y que me impactan por el peso de la época que compartimos.
A la vez funcionan la música y el cine que me gusta: Los Antiguos, Mad Max, Leonardo Favio, Spinetta, entre otrxs.
–¿Qué sentiste ganando un premio con tu primera novela? ¿Cómo te interpela como escritor? Debe ser un tanto inquietante…
–Lo primero que sentí fue alegría, e incredulidad porque me enteré mientras se transmitía en vivo el evento de Filba y me quedé medio sin reacción. A la vez, pasados los días, siento como una especie de tranquilidad y satisfacción. Sé que el premio no te define ni define tu escritura. Eso pasa por otro lado. Pero el reconocimiento es una dosis de energía para seguir. Y le da una visibilidad a la novela que no hubiera tenido sin ese impulso.
Me interpela, entonces, de maneras paradójicas, ya que me impulsa a seguir, pero a la vez, como vos decís, es inquietante porque se te genera una sensación de expectativa que puede ser paralizante. Ya la estoy trabajando con mi psicoanalista para sacármela de encima, porque eso solo puede producir síntoma, y la idea es producir escritura.
–¿Tenés algún próximo proyecto en mente?
–Tengo un proyecto de hacer un spin off de El último Falcon…, con el que vengo hace varios meses, bastante antes del premio. La de esta novela, de la profesora, el abuelo, Ema y Perú es una historia que me quedó en la cabeza, y cuando la terminé sabía que no iba a quedar ahí. Algo de eso que estoy escribiendo leí en la Filba de este año. Pero por ahora es muy embrionario. Me voy a tomar un tiempo de descanso antes de retomar con todo la escritura. Este año fue muy duro, y como docente tuve un desgaste físico y mental muy importante. Trabajamos muchísimo, aunque algunos sectores de la sociedad y de los gobiernos distritales no lo reconozcan así. Mientras tanto, iré haciendo algunos borrones a ver qué va saliendo.
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Liliana Ruiz, de Baltasara Editora.
La editorial: independiente y rosarina
Baltasara Editora, con sede en Rosario, es una editorial independiente que cuenta con 77 libros publicados. Desde el 2015 lanza, a nivel nacional, convocatorias editoriales en narrativa y poesía abiertas para argentinos residentes o no en el país y para extranjeros con residencia en Argentina. Allí se presentó Pisano con El último Falcon sobre la tierra y, resultando ganadora, su novela fue publicada sin costo alguno para el autor y con pago de sus derechos. Ese primer triunfo, ahora, parece una marca fundante del destino de la obra.
La presentación al premio Fundación Medifé-Filba estuvo a cargo de la propia Baltasara Editora. Según cuenta Liliana Ruiz, directora de la editorial, “en estos años solo dos obras de las publicadas fueron calificadas como perfectas: Cita en la espesura, de Liliana Díaz Mindurry, escritora multipremiada por sus más de 25 libros, y El último Falcon sobre la tierra, ópera prima de Juan Ignacio Pisano”. Fue así que, sin modificar, corregir o aumentar fragmento alguno de la novela y con el consentimiento de Pisano, la obra comenzó a abrirse paso entre las posibles ganadoras del premio Fundación Medifé-Filba. Primero formó parte de la lista larga y luego se posicionó entre las finalistas, lo cual generó, para la editorial, una mayor demanda de libros desde nuevos puntos de venta. Finalmente, “a los dos días de anunciarse la novela como ganadora, se agotaron las existencias en todas las librerías de Buenos Aires, y en Rosario está ocurriendo lo mismo”, comenta Ruiz.
Baltasara Editora es reconocida, sobre todo, por las convocatorias abiertas que realiza y por su estrecho vínculo con España. Sin embargo, sus representantes consideran que, sin duda alguna, el premio de Pisano les ofrecerá mayores posibilidades de proyección tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Se abrirán, esperamos, nuevos horizontes para que circule la escritura que, con un ojo sensible y experto, selecciona y publica para los lectores la editorial rosarina.