“Nadie obtiene justicia. La gente solo tiene buena suerte o mala suerte”

Una ficción que ironiza el mundo de las leyes, escrita por un reconocido abogado de la ciudad
El gran actor británico Charles Laughton en "Testigo de cargo" (1957), de Billy Wilder.
“Nadie obtiene justicia. La gente solo tiene buena suerte o mala suerte”
Orson Welles
El aire acondicionado hacía un poco de ruido pero todos lo toleraban porque transformaba el tórrido exterior con 32 grados en un plácido microclima en el cual los trajes y los cuellos ajustados por la corbata no solo se volvían tolerables sino el mejor atuendo. Las mujeres que había en la sala también lucían un tailleur u otro abrigo liviano.
Con el imputado, su defensor, los fiscales y el operador de sala, sentados cada uno en su lugar, hizo su entrada teatral el juez de la causa, como si fuera el general que encabeza un ejército victorioso.
Romulo Vigliaco, italiano de nacimiento, naturalizado argentino, abogado egresado de una universidad privada, cincuentón, corte media americana, y de una presencia que hubiera pasado desapercibida si no hubiera sido quien presidía la audiencia. Precisamente esa había sido su gran virtud a la hora de someterse su pliego al aval parlamentario necesario para ungir a cualquier juez. En el ámbito judicial donde se desempeñaba nadie confiaba en él, nadie. Los abogados trataban de no cruzarlo y los empleados lo esquivaban todo cuanto podían. Romulo había querido ser jugador de futbol profesional, pero la redonda no era lo suyo. Solía ensayar una explicación en la que amalgamaba mala suerte, cuestiones personales serias y haber sido víctima de la “mafia del fútbol”. Su unción como juez había sido la culminación de un proceso de degradación y pauperización del Poder Judicial. Vigliaco era lo que se conoce como un punitivista puro, un antigarantista, en el mundo del Derecho Penal, y un “cuadrado, botón y cagón” en el lenguaje vulgar que usaban legos y no legos en el Tribunal.
La audiencia empezaba con más de veinte minutos de retraso.
El juez comenzó:
-La audiencia la solicitó la Fiscalía, así que…
-La audiencia no fue pedida por la Fiscalía -interrumpió el fiscal.
-¿El imputado se encuentra presente? -retomó Vigliaco.
-Sí, señor juez... soy yo -terció el reo, todavía esposado.
-Diga su nombre.
-Elber Galarga.
-Bien señor Galarga, ¿le leyeron sus derechos?
-No, señor juez.
-¿Habló con sus abogados defensores?
-No señor juez.
-Bueno, vamos al grano, sin distraernos con tonterías... Está imputado por pasar un semáforo en pleno centro de la ciudad. ¿Pasó el semáforo?
-Sí, señor juez, pasé el semáforo, pero estaba en verde.
-¿Cómo?
-Pasé un semáforo en verde.
-Bueno, pero pasó el semáforo, como dice la Fiscalía.
-Pero Su Señoría, se supone que usted está aquí para garantizar mis derechos, no para avalar cualquier cosa de la Fiscalía…
-No sea insolente porque lo voy a acusar de desacato.
-Señor juez, el desacato se derogó en Argentina hace más de treinta años -dijo el defensor, orgulloso de su conocimiento infinito.
-Y además, señor juez, yo pasé el semáforo que estaba en verde, y lo pasé a pie –comentó el acusado.
-Entonces es cómplice del conductor del auto que lo atropelló -retrucó rápido Su Señoría.
-Pero señor juez, si el que manejaba el auto era usted…
-Como sea, voy a decretar su prisión preventiva.
-Señor juez, la pena que podría tener mi cliente es de multa e inhabilitación. ¿Cómo prisión preventiva? -dijo atónito el defensor.
Meses después, la Cámara de Apelaciones liberó a Galarga. Vigliaco, ante su inminente destitución, renunció y hoy es un reconocido chamán en la zona. Galarga está pagando la multa que le impusieron con un plan de pagos mensuales
¿Será justicia?


Por Florencia O'Keeffe

