Domingo 01 de Julio de 2018

Muchos, por no decir todos, pensaron que Putin había enloquecido: ¿qué hacía la imagen de Messi proyectada en la pantalla gigante de ese auditorio colmado? ¿Acaso quería que un argentino fuese la cara de Rusia 2018? La incógnita duró poco y nada: enseguida el rostro sonriente del 10 de Argentina se fue desdibujando hasta desaparecer y le dejó espacio a la palabra нет: "no", en ruso. Un "no" grande como el Kremlin. Los popes de Rusia que habían sido citados esa mañana comprendieron el mensaje del presidente: Leo Messi no sería bienvenido en la Copa del Mundo. ¿Persona no grata? Jugador no grato. Como ser humano, se sabe, Messi es más inofensivo que la delantera de Luxemburgo, pero no lo querían ver revoloteando Moscú y su área de cobertura. Preferían tenerlo lejos, afuera, en cualquier otra parte del planeta, pero no en los 17 millones de kilómetros cuadrados del territorio ruso. Eran capaces de recibir con todos los honores a Donald Trump, pero no justamente al capitán argentino. Claro, Trump no podía ganarles un Mundial en su casa; Messi sí.
La cuestión venía de mucho antes. Apenas se confirmó que Rusia sería la sede, cuentan que hubo un cónclave de las altas esferas nacionales en el edificio del Kremlin. En aquella ocasión se convocó también a los principales espías: los del actual SVR y también los que hasta 1991 habían trabajado para la entonces KGB. Entre esos viejos "lobos" estaba Nikolay Vorobiov, algo así como el Barýshnikov del espionaje, que escuchaba atentamente al líder en ese salón con vista a la Plaza Roja: "Esta Copa la tenemos que ganar nosotros y para eso, más allá de cómo juguemos al fútbol, será clave el espionaje".
"Y que no venga Messi, camarada presidente". La frase del respetado Vorobiov, papá de mellizos varones, retumbó por toda la sala. Todavía no había ningún equipo clasificado, pero el concepto estaba claro para todos y todas: el título no se le podía escapar a Rusia "Un Mundial se gana desde mucho antes del partido inaugural. No dejen de atender las locuras armamentísticas de los norteamericanos o el delirio nuclear de los coreanos, pero les pido que también se interioricen de las jugadas de pelota parada de Italia, del esquema táctico de Chile..." No fueron los mejores ejemplos: ni Putin se imaginaba por esos días que los tanos y los chilenos se iban a quedar afuera.
El SVR (Sluzhba Vnéshney Razvedki) es el Servicio de Inteligencia Exterior y tiene su base en Yásenevo, Moscú. Está en funcionamiento desde que la mítica KBG fue desactivada tras los oscuros años de la Guerra Fría. Putin trabajó ahí y conoce bien el barro del espionaje: cuando cayó el Muro de Berlín, en noviembre de 1989, estaba destinado como espía en la República Democrática de Alemania, es decir, en la Alemania del Este. Por eso sabía bien de lo que hablaba cuando les dio esa orden: "Vayan averiguando todo lo referido a las selecciones que vendrán porque en algún momento deberemos actuar". Con "todo" se refería a todo: qué cábala tiene el capitán de Bélgica, si el 10 de Inglaterra es alérgico a algo, cuánto calza el central de Irán, dónde se crió el 9 de Serbia... ¿Tiene alguna amante el arquero polaco? ¿Le hacían bullying de chico al entrenador de México?; en ese caso, ¿con qué lo cargaban? ¿Lee libros el lateral zurdo de Croacia? ¿Qué libros lee? "Todo sirve, hasta el detalle más insignificante", agregó uno de los capos del SVR, recordando la vez que accedieron a un documento clave sobre un tratado de paz de los árabes amenazando a un jeque con tarántulas. Como el tipo sufría de aracnofobia, entregó todo.
Cuentan que al presidente le agarró un ataque de vodka al ver un partido del Barcelona. Es que los mira siempre, al Barsa y a Leo. Al argentino lo admira desde que metió el gol maradoneano contra el Getafe, pero su corazón –confirmado, el ex espía tiene corazón— es más ruso que futbolero. Por eso aquella noche se fue a dormir convencido de que ese 10 del Barcelona que jugaba para Argentina era la peor amenaza para su sueño mundialista: Messi era a Rusia lo que el Isis al capitalismo occidental. Y lo pidió así: "Mejor eliminarlo. Bueno, mejor dicho, que Argentina quede eliminada". Así, sin comerla ni beberla, el pobre Leo se había vuelto una obsesión: entre junio y julio del 2018, Lionel Andrés Messi no debía pasar por Migraciones para que, por primera vez en su vida, Rusia se ilusionara con gritar чемпион, que se pronuncia "chempion" y que significa eso: "campeón".
El día que proyectó al 10 argentino en una pantalla gigante, a Putin no le hizo falta preguntar quién era el mejor agente del servicio secreto: él mismo lo había formado antes de cambiar pistola por banda presidencial. Paradojas de la vida, en esta nación que supo ser emblema de la izquierda, Nikolay Vorobiov tenía la derecha para lograr que este extraterrestre disfrazado de rosarino no jugara el Mundial.
—Menos matarlo, hacé lo que quieras. Pero que no vengan, ni él ni la Argentina.
—Despreocúpese, camarada Vladimir. Le aseguro que para esa época estará tomando mate en cualquier otra parte del mundo, menos acá.
—¿Mate? No sé de qué hablás, mi querido Nikolay, pero confío en vos. Dales mis saludos a Mijaíl y Andrey: deben estar hechos ya unos hombrecitos.
Abrazo frío y a trabajar. Antes de armar las valijas, Nikolay pasó por la casa de su ex mujer para saludar a los mellizos, que hacía una semana habían cumplido 8 años. Les explicó que papá se iba de viaje por trabajo, que no sabía la fecha de regreso pero que estaría en contacto permanente. Los dejó jugando a la Play. Estaban con el PES 15, en el que Mijaíl acababa de hacer un golazo gracias a Messi.
Pasó por Barcelona para hacer inteligencia, pero creyó más conveniente seguir viaje hacia Argentina. Allí, en el lejano país de origen del crack, seguro encontraría mejores respuestas a sus inquietudes. La selección argentina venía de perder la final de la Copa América de Chile 2015 y había arrancado mal las Eliminatorias. Pero Messi volvió pronto, encarriló el equipo y Nikolay se dio cuenta de que lo esperaba una tarea ardua. Un trabajo fino. Pegarle un tiro en la rodilla izquierda era lo más sencillo pero lo menos aconsejable: los ojos del mundo viven posados sobre el 10 y la discreción es el maridaje ideal para esta actividad. Vaya si lo había aprendido Nikolay, en cuyo currículum figuraba haber hecho desaparecer el elefante de un circo de París y deshacerse de su cuerpo sin que nadie se diera cuenta.
Lo primero que hizo fue tantear a un par de defensores de la Liga Española y a otros sudamericanos que disputaban las Eliminatorias. En ambos casos, los buscó por su fiereza para marcar pero también por sus dificultades económicas extremas: un tipo desesperado por dinero es capaz de todo. Pese a la "recompensa", nadie aceptó partirle una gamba. "Usted está loco: es Messi, nadie se va a animar", le dijo un camerunés que jugaba de marcador central en un club chico de España. Y un paraguayo fornido que había despilfarrado su contrato en mesas de póker le pidió plazo de cinco días para pensarlo: al día siguiente le respondió que no. "Pero si llegás a tener otro trabajito de ese estilo, siempre y cuando no se trate de Messi, avisame y con gusto le hacemos".
Más allá de estos primeros palos en la rueda, Nikolay vio que el único país del planeta que cuestionaba al mejor de todos era la propia Argentina. Intuyó entonces que no le sería tan difícil correrlo de la escena. Para su sorpresa, cantó "Bingo" cuando Messi erró el penal en la final de la Copa América Centenario de 2016 y ahí nomás, en el vestuario del MetLife de Nueva Jersey, tras perder otra vez contra Chile, renunció a la selección. Golazo para Rusia. El papá de los mellizos no tuvo absolutamente nada que ver: su área de acción en los Estados Unidos era prácticamente nula, pero aprovechó la volteada y llamó a Moscú para colgarse la medalla: "El utilero hizo lo que le pedí con los botines del 10: misión cumplida. Argentina, sin Messi, es como si al Zorro le sacas la espada, la capa, la máscara y el caballo". Putin lo reclamó de urgencia en Moscú y volvió a abrazarlo en el Kremlin, esta vez con bastante más efusividad. Nikolay terminó de tranquilizarlo: "Si Messi se resfría, estornuda toda la selección. Olvídese, camarada presidente: sin ese chico, Argentina no viene al Mundial".
Papá Nikolay pasó unas semanas con los mellizos y siguió a la distancia los banderazos que se hicieron en Argentina: "Perdón, Messi", "Volvé, Messi". Cuando un par de meses después leyó el comunicado del propio jugador, exclamó en un casi perfecto español: "Bauza y la puta que te parió". Edgardo Bauza fue el sucesor de Gerardo Martino y lo primero que hizo como DT fue convencer a Messi para que regresara a la selección. Otra vez a hacer las valijas y, orden de Presidencia mediante, a desplegar toda su batería de recursos. Lo primero y más urgente, "adornar" a un par de formadores de opinión. Con el 10 o sin el 10, en las Eliminatorias, Argentina no daba pie con bola. Y eso justamente destacaban los influencers guionados por Vorobiov: dos o tres periodistas antiMessi, tuiteros con miles de seguidores, un actor porteño que instaló lo de "Comegato", un corrupto ex Senador de la Nación que lo castigaba por cuanto programa político pasara y hasta una diva de televisión en decadencia sostuvieron una infernal campaña de agresiones al capitán de la selección: "vendepatria", "enano catalán", "vendehumo", "quedate en Barcelona, fracasado".
El golpe más bajo craneado por el mejor espía de la ex Unión Soviética: una botinera medio pelo salió en cadena nacional adjudicándose un falso romance con Messi días antes del casamiento con Antonella. Y hasta tuvo el tupé de endilgarle un "tiro corto y demasiado rápido", con lo que pretendió cobrarle al ruso un "extra" por ensuciarlo con el tamaño y la duración. "Con esto seguro que se desenfoca y no viene más a la Argentina", razonó equivocadamente Nikolay. Pero Messi, el que no canta el himno pero le saca música a la pelota, resultó mucho más patriota de lo que muchos pensaban. Siguió jugando, hasta que se fue de boca contra unos árbitros brasileños en un partido contra Chile. Dicen que esa noche Putin no podía dormir y, a eso de las 3 de la mañana, vio en directo ese 1-0 con gol de Messi, de penal. El más top de los espías estaba en el Monumental con un grupo de pibes descarriados que conoció en una plaza de La Matanza: les había pagado la entrada y la comida a cambio de que putearan todo el partido al 10. Cuando iban saliendo del estadio recibió un llamado del presidente.
—Me parece a mí o Messi insultó a los árbitros. ¿Qué les dijo?
—Ehhh... la concha de tu madre.
—Conseguí todos los videos y que los presenten inmediatamente en la FIFA.
—A sus órdenes, camarada.
Cuatro fechas de suspensión para Messi y Argentina en zona de Repechaje. Pero la FIFA, corrupta aunque no boluda, le levantó rápido la sanción y sólo se perdió el partido contra Bolivia. Igual, echaron a Bauza y asumió Jorge Sampaoli, pero Argentina siguió a los tumbos. A todo esto, mientras Nikolay no podía darle el golpe final a Messi, los altos mandos de Rusia estaban felices con el agente del caso Holanda. Si bien los holandeses nunca ganaron un Mundial, vienen pegando en los palos y no fuera a ser que se les abriera la suerte justo en el 2018. Lo mejor, entonces, era que directamente no se clasificaran. Al parecer, un tal Dmitry le hackeó los mails a Robben, le intervino el teléfono y lo enloqueció durante más de un año con mensajes perturbadores. Cuando el delantero del Bayern Munich logró librarse de esa pesadilla, ya era tarde: alcanzó a meterla dos veces contra Suecia, pero a los holandeses les hacían falta siete goles. Un cuco menos.
Más adelante, al que también felicitaron por su labor fue al espía que se ocupó de los italianos: al parecer, consiguió meterles un adormecedor muscular en los almuerzos previos a los últimos cinco partidos. Mientras la FIFA y los anunciantes lloraban por los rincones la ausencia de Italia después de 60 años, el Comité de espías festejaba una nueva conquista. Los tanos, por más que anden mal, suelen ser protagonistas y por algo tienen cuatro títulos mundiales, la misma cantidad que Alemania y uno menos que Brasil.
Nikolay, de tanto espionaje criollo, ya se sabía varias letras de cumbia santafesina. A modo de changa, hasta había descubierto la fórmula de los alfajores Capitán del Espacio para vendérsela a una empresa polaca. Pero no era mucho lo que había podido hacer contra Messi, lo que alteraba los humores de Putin y compañía. Y eso que había probado de todo, en Barcelona y en Argentina. Mandó a un secuaz a que le robara la reserva de dulce de leche que tenía para sus hijos en su casa de Castelldefels y, antes de irse, le escribió en una alfombra y con el propio dulce la leyenda "Andate de la selección". En uno de los viajes del crack a Buenos Aires, un empleado de Migraciones (contratado por los rusos) le miró el pasaporte y le dijo con dudosa autoridad moral: "Este país no debería dejar entrar a los evasores del Fisco español". En la concentración de la selección, en Ezeiza, alguien le hizo desaparecer el termo de Newell's que usa Leo y se lo devolvió con calcomanías de Central. Pero nada: Messi seguía jugando para su patria futbolera.
Argentina llegó a la última fecha de Eliminatorias jugando mal y con la soga al cuello. Fue a la altura de Quito, y hacia Ecuador viajó Nikolay desde Buenos Aires. Otro espía voló desde Moscú para encargarse de Manuel, el Brujo que llevó la selección. Nikolay logró hospedarse en el hotel de los argentinos, donde se jugaría el último cartucho: quedar encerrado con Messi en el mismo ascensor y dormirlo con una jeringa. El plan, arriesgado por cierto, era sacarlo a través del hueco del ascensor con un sistema de sogas y esconderlo en un depósito del hotel hasta que pasara el partido. Su colega, en la cancha, se ocuparía de anular los embrujos de Manuel. Vestido con uniforme de empleado, el papá de los mellis vio que el capitán de la selección enfiló hacia los ascensores, esperó a que subiera y se mandó, pidiéndoles a los demás huéspedes que esperaran el próximo. Messi ni se avivó por estar concentrado en el celular. El ruso, como si fuera un botones, esperaría a hacer lo suyo en el piso 22. Pero antes del quinto piso, una inoportuna videollamada le entró en el teléfono de Nikolay.
—Hola, papá, soy Andrey. Recién le gané a Mijaíl en la Play con un golazo de Messi; lo amo, es el mejor de todos. Va a venir a Rusia en el Mundial, ¿no?
—Soy Mijaíl, papi. Messi también es mi ídolo. ¿Nos vas a llevar a verlo cuando esté acá?
Al espía ruso, que para entonces había trabado disimuladamente el ascensor, se le vino el edificio encima. Se sintió confundido. Transpiró fuerte y se le hizo un nudo en la garganta. Él, el mejor de la KGB, el que había matado a trece chechenos con un cuchillo y al que no le había temblado el pulso para arrojar a una anciana en silla de ruedas por una escalera mecánica de Bagdad, miró fijo al otro ocupante del ascensor y... Pensó tantas cosas. Pudo haberle clavado la jeringa, dormirlo y seguir adelante con el plan. Pudo haberlo matado con el cuchillo que tenía en el ruedo del pantalón. Pudo... pero no pudo. Lo único que atinó fue a decirle: "Leo, perdón que te moleste. Podés saludar a mis mellizos, que tienen 8 años, están en Moscú y son fans tuyos... Miralos, ellos son Andrey y Mijaíl".
Messi miró la cámara del celular, saludó y, con la amabilidad del caso, les dedicó algunas palabras. Los mellis, sin entender una palabra de español, igual amaron a su papá. Argentina fue al estadio, le ganó a Ecuador con tres goles del 10 y se clasificó al Mundial. Putin llamó varias veces, pero Nikolay no lo atendió. El espía ruso gritó los goles argentinos en la habitación del hotel de Quito y ahí nomás presentó su renuncia al SVR.
Hoy Nikolay Vorobiov vive en Arroyo Seco, en las afueras de Rosario, con una mina que conoció en un recital de Los Palmeras. Se come un Capitán del Espacio por día, salvo (por cábala) cuando va a la cancha a alentar a Newell's. Como no sabe si lo dejarán entrar de nuevo a Rusia, ya arregló con su ex mujer para ver a los mellizos en Barcelona, antes del Mundial. Ahí sus hijos conocerán seguramente a Messi. En junio no sabe si podrá llevarlos a ver algún partido de Argentina: cree que Vladimir Putin sigue molesto con él.

Miguel Bossio

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