Cultura y Libros

"En Barcelona se respira Messi a cada paso"

El rosarino Andrés Mariani es un artista singular. Desde pequeño e impulsado por Roberto Fontanarrosa se vinculó con el dibujo y ahora, instalado en España, disfruta del reconocimiento que ha logrado en múltiples facetas. Una de ellas, la más popular, es su íntima vinculación con el universo del fútbol, sobre todo con el astro de la selección argentina.

Domingo 30 de Abril de 2017

Un niño retrata con témperas y acuarelas una fuente rodeada de árboles. Corre el año 1981. Llueve en el parque Lezama, Buenos Aires. El padre del niño sostiene un paraguas que los cobija a ambos de ese tiempo inclemente. Ese es uno de los recuerdos que Andrés Mariani tiene del primer reconocimiento que ganó haciendo lo que más le gusta hacer. Posiblemente este recuerdo también haya quedado en la memoria de sus padres, que desde ese momento vieron en su hijo el germen de un artista, y decidieron apoyarlo.

Andrés Mariani vive en Barcelona desde hace ocho años. Durante la charla, rememora sus inicios. Por ejemplo, cuando con la Escuela 9 de Julio de Arroyito había viajado a Buenos Aires para representar a la ciudad en un concurso de pintura. Tenía en ese entonces once años. También narra las historias de las que él no tiene registro, porque era muy chico: los recuerdos de su madre como cierta cartografía iniciática "Ella cuenta que desde muy pequeño yo pintaba y dibujaba. Claro que en jardín o preescolar eso no era un problema, pero ya entrando en la primaria, no escribía ni prestaba atención en clase. Me gustaba dibujar a mis maestros y a mis compañeros, y para eso no había buenas notas, así que era complicado". Antes de este niño, el arte ya figuraba en la genealogía familiar. Su padre y su abuelo eran ambos aeromodelistas. "Tal vez haya heredado algo de allí", cuenta Andrés.

Del concurso en el que participa en Buenos Aires resulta ganador en la categoría menores de doce años. Y recibe el premio —diploma, materiales y un atril— de manos del reconocido artista y fileteador Martiniano Arce.

Un año después su padre lo lleva a conocer al Negro Roberto Fontanarrosa. Andrés recuerda llegar a la casa del famoso humorista apretando una carpeta donde guardaba sus primeros trabajos. Fontanarrosa le abre la puerta y se sientan a mirar sus dibujos, sin decir una palabra. "Creo que en ese momento tenía un poco de miedo", recuerda Andrés. Luego el Negro apoya la carpeta en su falda, y le pregunta quién es él. Un poco desorientado, Andrés responde que él es un nene. Un niño. "Sí, ya sé que sos un nene, pero ¿quién sos?", vuelve a preguntar el inefable Negro. Entonces Andrés prueba cambiando la respuesta. Titubea. "¿Un dibujante?". "Sos un gran dibujante", le reafirma el creador de Inodoro Pereyra y Boogie, el Aceitoso. "Así que de ahora en más cuando te pregunten quién sos, respondé sin dudarlo: un dibujante".

Mariani reconoce en sus cómics al idolatrado Fontanarrosa, sobre todo a la dupla Inodoro-Mendieta, como gran influencia. Y en el caso de sus lienzos de gran formato habla de Klimt, Picasso, Miró, Tàpies y Bacon. "En mi última visita a Dublín, visité en el museo Bacon su estudio. Ver dónde trabajaba con tantas pinturas, pinceles viejos y fotografías esparcidas aquí y allá me hizo darme cuenta de que más allá de los lienzos, el estudio de un artista es un templo que se va impregnando de su universo".

Las pinturas en abstracto de gran formato de Andrés Mariani han sido adquiridas por galerías como Villa del Arte y Arte Vistas, y así sus trabajos circulan por Nueva York, Londres, San Francisco, Berlín y Amsterdam. "Mi día a día es estar dentro del estudio. Ya que yo no puedo moverme y viajar tanto como me gustaría, lo hacen mis obras. Son como mis hijos, viajan por el mundo llevando mi ADN a lugares a los que tal vez físicamente yo no llegue nunca."

A los dieciocho años Mariani tuvo que hacer el servicio militar obligatorio en la lejana Chubut. "Éramos 150 los que viajábamos en ese avión de Aerolíneas Argentinas hacia el sur del país. Todos desorientados en ese mundo militar desconocido. El avión arribó a Comodoro Rivadavia y luego nos llevaron en camiones 400 kilómetros hasta llegar a la unidad militar de Colonia Sarmiento."

Ni bien ingresaron a los barracones llevaron a los 150 soldados, entre ellos Mariani, a un gran depósito. Les dieron el uniforme, un lápiz y papel. El oficial a cargo les pidió que anotaran allí lo que sabían hacer. "Todos con caras de miedo, y en silencio, miraban la hoja que marcaría su estancia ahí", recuerda Mariani. A su derecha un compañero escribió que sabía de mecánica y a su izquierda otro puso que sabía cocinar. "Yo sólo sabía dibujar y no veía cómo podía encajar en el mundo militar", cuenta. Entonces un soldado le dijo al oficial, "¿y él, que no sabe hacer nada, qué escribe?". El oficial respondió que iba a terminar con una pala haciendo desagües y destapando cañerías con veinte grados bajo cero. Entonces Mariani se animó: "Yo sé dibujar... ¿Escribo eso en la hoja?" El oficial le dio cinco minutos para que dibujara algo. Desesperado y con mano temblorosa, Mariani dibujó un soldado. El dibujo terminó en manos del coronel de la unidad. A la semana de ingresado, el coronel lo citó en su despacho, lo felicitó y lo trasladó a la sala de topografía. Desde ese día, y durante toda su estadía, Mariani se ocupó de diseñar para el ejército logotipos, y de hacer dibujos para las camisetas de los soldados.

EM_DASHLuego de esta experiencia en el servicio militar, tus trabajos se orientaron a agencias de publicidad. ¿Cómo conjugar los objetivos de una marca y tu necesidad de expresión como artista?

—Tenía diecinueve años cuando empecé a trabajar como ilustrador en ese ámbito. Diseñaba avisos para distintas marcas y empresas, pero era un medio que estaba siempre regido por tiempos acotados de entrega, demasiadas exigencias y pautas por parte de los clientes. Empecé a sentir que mi arte necesitaba un nuevo enfoque, no podía estar constantemente sujeto al tiempo. Luego de las agencias pasé por algunas marcas de moda, como This Week y Nasa. Fueron buenas experiencias, hacía ilustraciones y pinturas para estampados de las prendas, pero acá también estaba la exigencia temporal: las colecciones de verano, las de invierno y la tendencia de la moda condicionaban mi impronta y mi libertad de creación. Yo necesitaba un mundo más libre, sin tantas ataduras. Fue entonces que empecé a producir mis propias obras, pinturas con distintas temáticas: la ciudad, sus bares, el balneario La Florida, Central, Newell's. Luego Boca Juniors, el Honda Racing TC 2000, obras que luego patrocinaron grandes marcas como Coca Cola, Telefónica, Transatlántica, Quilmes, Paladini... Con estos patrocinadores lograba llegar a mucha gente, como en el caso de Boca Juniors, una pintura que fue reproducida en calendarios y se distribuyó por medio del grupo Perfil en todos los kioscos del país. El tiempo pasaba y mi pasión por la pintura y el dibujo comenzó a ser, casi sin darme cuenta, mi medio de vida.

—También te dedicás a pintar marcasELLIPSIS_CHARACTER

—El tema de pintar marcas es algo que los galeristas que gestionan mis obras de arte abstracto critican, tal vez porque ellos sólo quieren ver para su beneficio mi marca Mariani. Yo en cambio veo a las marcas como grandes familias. Con sus departamentos creativos y de marketing lo dan todo por plasmar un concepto, un producto mejor o más agradable. A mí la inspiración me viene de todos lados, hasta de ver los magníficos escaparates de las grandes marcas como Chanel, Louis Vuitton, Mango, Hugo Boss… En mi paso por Alemania, por ejemplo, tuve la oportunidad de pintar para Mercedes Benz y para eso conocí la fábrica y su impresionante museo. Y al final, lo que me llevé de todo aquel mundo, es que se trata de ingeniería convertida en arte. Como artista veo siempre el lado creativo, y no el comercial, y admiro eso de algunas marcas e instituciones.

¿Cómo surge Inspirational City Barcelona Inspira?

—Llegué a Barcelona hace ocho años, de casualidad. Estaba en Mallorca, de vacaciones con mi hermana, y ella me pidió que la acompañara a un concierto allí. La ciudad me impactó. Comencé a absorber todo: imágenes, sonidos, olores. La obra surge del aporte del nuevo lugar que transito; tengo la necesidad de compartir mi visión sobre el lugar donde estoy. Necesito interactuar con mi arte, tal vez como una forma de agradecimiento por lo que genera en mí cada sitio. Soy muy curioso y siempre quiero plasmar e inmortalizar lo que veo en un lienzo. Mi obra sobre Barcelona se ve influenciada por la arquitectura de Gaudí, al conocer el museo Picasso, la Fundación Tàpies, la casa de Dalí en Cadaqués —un hermoso pueblo del mediterráneo en las afueras de Barcelona—. Todo circula por mis venas y debo dejarlo salir para poder absorber nuevas cosas, y la única manera que conozco es a través de mis pinceles y lienzos. Así nace Inspirational City.

¿Y el vínculo con el fútbol?

— Barcelona es una ciudad donde cualquier rosarino se sentirá como en casa, es la ciudad más similar a Rosario que me ha tocado conocer de Europa: tiene playa, que eso para un hombre del río Paraná como yo es fundamental. Y además, algo muy llamativo acá, es que se ve y se respira Messi a cada paso, en cada esquina. Creo que Messi es el mejor embajador que podemos tener en Europa y me atrevo a decir en el mundo. Seguir su estela no solo de éxitos profesionales sino a nivel personal, como familia argentina, te llena de orgullo.

¿El cómic Culé y Balón nace de esta admiración?

—Fue una iniciativa propia que gustó a una editorial importante, y que bajo la aprobación de Jorge Messi pudo ser parte de este gran mundo del Barsa. En un principio el cómic fue de tiras gráficas en el periódico Sport, y luego pasó a ser un libro donde los personajes interactuaban con Leo y los éxitos del Fútbol Club Barcelona. Y luego, como los éxitos del Barsa crecían, la editorial Planeta editó mis libros para niños titulados Aventuras en el Camp Nou y Pinta y colorea los jugadores del Barsa. Y además tuve la suerte de pintar lienzos, retratos de la familia de Messi, por encargo de ellos mismos.

También te nutrís del cine al momento de crear...

—Hacía tiempo venía con intenciones de hacer colecciones con retratos de estrellas de Hollywood. Soy fanático del séptimo arte americano. Durante las noches de invierno ceno, me voy al sofá, pongo Netflix y devoro capítulos de Walking Dead. Este cruce de mi obra con los personajes de la serie parece cosa del universo. Un día, al pasar por una de mis galerías de arte, la responsable me comenta que Norman Reedus expondría sus fotografías allí. Y a la productora le pareció fantástico hacer una muestra en común de fotos de Norman y pinturas mías. Fue una experiencia fantástica. Al día siguiente de la presentación de la muestra, la galerista y la productora de Norman vinieron a visitarme, y surgió el proyecto de que cuando él terminara con la serie y su programa Ride de motos por California, coordinaríamos agendas para poder llevar esta muestra a la Argentina. Creo que todo está conectado.

Pregunta del millón: ¿se puede vivir del arte?

—La frase más común de la gente al entrar en mi galería es: "Yo de arte no entiendo nada". Pero el arte no debe entenderse: se vive, se siente, te moviliza o no. En el colegio deberían enseñarnos a sentir más desde el corazón, a darle atención a lo intuitivo: esa voz interior que nos moviliza a crear. Todos llevamos ese impulso creativo en nuestras venas, sólo que a veces no tenemos la voluntad de trabajar para llevarlo a cabo. Aun así, vivir de esto es un trabajo de tiempo completo y más en sus comienzos, veinticuatro horas al día. De la unión de un hombre y de una mujer nace un impulso creativo que nos trae una nueva vida. Mi obra sale de estos mismos sentimientos: pasión y amor. Todo lo que me moviliza y toca alguna fibra de mi corazón es una influencia para mi obra.

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