Solo puedo imaginar con estupor el sentimiento que debe haber corrido por los claustros donde moran los ilustrados argentinos. El pasado 25 de Mayo, luego de un siglo de pensamiento filosófico que se debatió entre anarquismo y liberalismo (los dos movimientos internacionalistas y de aldea global), un hombre, desde una tribuna pública y apoyado por miles de personas, clamó por federalismo y se atrevió a reclamar a los gobernantes que fueran republicanos y respetaran los principios éticos de la Constitución por la cual juraron. Nadie puede dudar de que esta solicitud es indigerible para una generación que fue permeable durante la mitad del siglo pasado a una fuerte y específica propaganda internacionalista, tanto de un signo como del otro, al punto de olvidar las diferencias que existen entre ideologías e intereses nacionales. La negación del lunes 26 es una demostración de ello.




























