Negar la realidad nos impide afrontarla. Desde hace más de una década la sociedad genera un bache en el centro que se agranda constantemente, dividiéndola. Los que no quedan hundidos en él, se suman a cada extremo en proporciones diferentes. Todos sabemos que unos pocos logran mejorar significativamente sus recursos, así que miles y miles de familias se suman al sector de pobres e indigentes sistemáticamente. Si bien los indicadores nos dicen que disminuye el desempleo y subempleo (muchos sólo tienen un ingreso), no significa que todos alcanzan a tener un empleo digno y decente. Si no existe una decidida política pública de generación formal y decente de empleo que alcance a todos, desde jóvenes, sin discriminar a los adultos, la decadencia social tenderá a profundizarse. Esas políticas no son sólo competencias del Estado nacional, también es competencia e incumbencia de los gobiernos provinciales y municipales. De nada servirá pensar que la inseguridad es la causa, aumentar la policía, los controles satelitales, colocar rejas, realizar campañas de concientización, crear comisiones que sólo traten de generar medidas sobre su efecto. Si no logramos involucrar a todos los sectores para producir un cambio en el bienestar de toda la población, el tiempo pasará sin modificar la tendencia de esta realidad.




























