Hace 35 años, Oscar Rubén Larrauri era tapa de la revista El Gráfico. No era un dato menor. El semanario era por entonces la referencia obligada para el deporte argentino y para estar en la portada debía tratarse de un logro importante. Mucho más si desplazaba al fútbol como tema central. Y el Poppy lo hizo, luego de consagrarse en el Europeo de Fórmula 3, entonces la categoría más cotizada luego de la Fórmula 1, inclusive más que la Fórmula 2 que estaba agonizando. El piloto de Granadero Baigorria estaba próximo a cumplir 28 años, una edad considerada ideal para dar al trampolín a la F-1. Y el título conseguido antes del final, para una campaña en donde redondearía 7 victorias y 5 segundos puestos en el team de Giampaolo Pavanello, le abría la posibilidad de cumplir la ambición de su vida. Además, fue campeón en 1982, en plena guerra de Malvinas, y si un país nutría al automovilismo mundial en pilotos, equipos y medios mecánicos, ese era Inglaterra. Pero eso lo condicionó. Se le cerraron las puertas y en el país conseguir los 300 mil dólares (un vuelto hoy) que le pedía Guy Ligier para subirlo a uno de sus autos fue imposible. Hasta llegó a hablar con Enzo Ferrari, que se quedó sin pilotos por la muerte de Gilles Villeneuve y el accidente de Didier Pironi, pero ese título que lo habilitaba para todo no le sirvió. Como desde que empezó en la Limitada Santafesina, la siguió peleando, primero en F-2, luego en Sport Prototipos donde se consagró en 86 y más tarde convenciendo a Walter Brun, dueño del equipo, para unirse a Pavanello y formar el EuroBrun, con el que sí se daría el gusto de correr en F-1 en 88/89. Un sueño que debió darse hace 35 años.





























