Es el de las cachetadas a Luisa Kuliok. También el que decía "rojaijú" y quien
protagonizó la primera telenovela que terminó mal en la televisión argentina, un triángulo amoroso
donde moría el marido, la mujer y él, el amante, en "Piel naranja", de Alberto Migré. Arnaldo André
es todos esos personajes y a la vez ninguno. Hoy es Laureano, un villano que no da cachetadas ni
dice palabras seductoras, pero es capaz de matar para lograr sus objetivos en "Valientes", la tira
que se emite diariamente, a las 21.45, por Canal 3.
—Este villano es malo de verdad. ¿Te costó meterte en la piel de un personaje tan
duro?
—Y... cuesta porque uno lo que primero hace es entender el personaje, y
cuando uno tiene en la vida real rasgos de buenos sentimientos, bondadosos, humanitarios, que
supuestamente es buena gente, cuando te toca hacer un personaje como éste, te cuesta pensar en cómo
defenderlo, y ponerte del lado del malo. Pero como uno es actor y como todos los seres humanos
tenemos, en el fondo, algun rasgo de maldad, traté de capitalizar eso y justificarlo al máximo.
—El rótulo de galán lo llevás inscripto desde hace años. ¿Te sentís todavía un
galán?
—Bueno, actoralmente he dejado de hacer galanes, aunque Laureano no deja
de ser un seductor cuando a él le conviene. Este malo tiene buenos sentimientos cuando se vincula
con sus hijas o con Argentina (el personaje de Betiana Blum), ahí hay sentimientos que afloran,
pero todo cambia inmediatamente cuando tiene que hacer negocios, y privilegia sus intereses. Ahí,
si tiene que mandar matar a alguien lo va a hacer, sin problemas.
—¿No te parece que en la televisión actual los galanes maduros deberían tener más
espacio que los galanes jóvenes?
—Depende mucho cómo venga la historia, fijate que en "Por amor a vos" no
hubo galanes jóvenes, primero que no han sido galanes (en referencia a Miguel Angel Rodríguez y
Raúll Taibo) y segundo que no han sido jóvenes. Pensá que cuando empecé a protagonizar tenía 30
años.
—¿Qué te queda de "Piel naranja" y "Pobre diabla", aquellas novelas de los años 70
que marcaron a fuego las telenovelas argentinas?
—Tengo recuerdos muy vagos, casi olvidados. Lo que aún sigue firme, y está
presente, es que de todas esas cosas que he hecho acumulé un caudal muy grande de experiencia.
Aprendí de los tiempos, de las indicaciones de un director, de la relación con las cámaras.
—¿Sos de lo que sostienen que todo tiempo pasado fue mejor?
—No, de ninguna manera. Lo único que te podría decir, pero por cuestiones
lógicas, es que antes tal vez se le daba más valor a la palabra. Hoy podemos mostrar mucho más con
las cámaras. Antes teníamos menos cámaras pero hoy se puede sugerir con la mirada, hay un
tratamiento de cámaras más ágil y no hay que explicar tanto. Antes había que hablar mucho. Pero no
puedo decir que lo pasado fue mejor.
—Convengamos que antes lo que tampoco había era esta picadora de carne del rating,
que te obliga a levantar una novela en menos de un mes si no funciona.
—Hay una diferencia. Antes existía el rating y se veía a quién tenías
enfrente, había que respetarlo y vencerlo, porque eso de levantar un programa existió siempre y no
te regalaban un espacio. Lo que se modificó es la difusión. Es que en aquellos tiempos el
televidente ni se enteraba del rating, sólo lo sabíamos nosotros. Entonces hoy, una señora ama de
casa, excelente televidente, por ahí a la fuerza se entera porque lo comentan, entonces esa presión
es difícil ahora para los productores y autores.
—¿Por qué estuviste cinco años fuera de la televisión, ya que tu última telenovela
fue "Soy gitano"?.
—Primero porque las propuestas no eran interesantes. Hubo una época en que
no analizaba mucho, quería estar en pantalla, me hacía bien para mi carrera, iba confiado y ni me
fijaba cómo era la historia. Pero llega un momento en que estoy saturado de la televisión y puedo
saturar al espectador, entonces veo qué es lo que me conviene, lo que me puede aburrir menos a mí,
qué me puede dar una oportunidad de creatividad. Y por otro lado es cierto que las ofertas no son
tantas.
—Además, hiciste cine.
—Trabajé en "La extranjera", de Fernando Díaz, "La confesión", de Juan
Manuel Giménez y "El niño pez", de Lucía Cedrón, y eso me llenó. No quiero decir que estuve
filmando permanentemente, pero el ensayo, el diálogo con los directores, la filmación, más una
temporada de teatro que hice en calle Corrientes hizo que se me fueran estos cinco años, pero no
extrañé para nada la televisión. Y cuando volví fue como si nunca me hubiera ido.
—¿Hacer cine era tu cuenta pendiente?
—Sí, de toda la vida. Desde los 13 o 14 años que quería hacer cine, soñaba
con hacer cine. Vine a la Argentina desde Paraguay con la intención de hacer cine antes que nada.
Sabía que había que formarse como actor de teatro, pasar por la televisión, pero el cine era el
objetivo de siempre.
—¿La gente todavía te recuerda por tu "rojaijú" (te quiero, en guaraní), de "Piel
naranja"?
—Permanentemente, me dicen que diga "rojaijú", me piden que les dé una
cachetada (por sus telenovelas junto a Luisa Kuliok), y bueno, es el milagro de la televisión, es
un premio al trabajo de muchos años.
—¿Y este villano de "Valientes", Laureano, podrá regresarte al mito de las
cachetadas?
—No se descarta la posibilidad. No estoy en búsqueda de eso, pero si llega
la posiblidad de dar una cachetada la daré, aunque no creo que sea la metáfora que yo pueda recrear
para darle vida a un personaje diferente en mi carrera.