El conductor de “Socios del espectáculo”, que se ve por El Tres de Rosario, llegará junto a su coequiper Adrián Pallares para presentar este viernes, a las 21, “Dos hombres buenos. Socios en acción”, en City Center (bulevar Oroño y Circunvalación), en el marco del ciclo City Stars. Antes de su debut en Rosario, dijo que hay mucha gente que tiene “prejuicios” con el género de chismes de la farándula, tras lo cual afirmó que se puede hablar de intimidades de los famosos “sin ser mala gente”.
En realidad cuando uno trabaja en la tele y conduce te pueden hacer un reportaje, lo que pasa es que no es tan novedoso hablar de uno. La tele te expone a que hablen de vos, quizá lo que no es muy común es hablar de un espectáculo propio, pero es parte de todo.
Parte del juego también, ¿la tele y actuar en teatro es un juego o un trabajo?
Sí, es un juego y es algo que no hay que tomarse demasiado en serio, ni ponerse en un lugar de cierta lejanía. A mí me gusta mucho la cercanía con el público y me divierte. Me gusta alimentarme, quedarme con la gente, hacer las funciones, hacer fotos, darles un abrazo, no le tengo fobia a la gente y al mismo tiempo es una devolución de lo que el público hace por vos, que es acompañarlos y agradecerles de que te sigan siempre en la tele.
Desde el título del espectáculo “Dos hombres buenos” es como advertirles a la gente de que no son tan malos como se ven en la tele...
Tiene que ver con varias cosas: Primero que los que hacemos chimentos tenemos esa fama de malditos, pero la gente que nos sigue sabe que no lo somos, no estamos dentro de ese grupo. Tal vez el prejuicio muchas veces marca que los que contamos chimentos y hacemos ese género somos malos, pero no todos. Nosotros tratamos de no caer en ese lugar común, se pueden hacer chimentos con buena leche y abordar el tema de la farándula sin ser malos, sin ser mala gente.
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Lussich y Adrián Pallares, compañeros en "Socios del espectáculo" por TV y también en el teatro.
¿Llegan a considerarlos mala gente?
Claro, dicen que somos botones y que somos mala gente, aunque nos consuman, hay como una doble moral ahí: sos una cagada pero te veo igual. Pero la gente que nos conoce sabe que no es así, que somos buenos, y que laburamos con buena leche. Pero respecto al título del espectáculo también tiene que ver con una muletilla que viene de la época en la que laburaba en “Intrusos”, donde yo irónicamente decía “un hombre bueno” a la gente que no era tanto, y se sabía que había un doble sentido.
Hablando en una entrevista con Luis Ventura, él me decía que a los periodistas de chimentos se les bajaba el precio,pero en verdad de los pequeños chimentos surgían grandes noticias, a todo nivel, más allá de la farándula. ¿Coincidís con eso?
Sí, coincido en que hay siempre una tendencia a bajar el precio a lo que hacemos. Fijate que a los periodistas de chimentos no nos siguen tanto las marcas como a un periodista que hace otro tipo de género, que son más blancos, ponele, hay prejuicio. Estamos relacionados con algo que está mal hacer, aunque paradójicamente se consuma tanto. Pero tanto la gente que nos sigue a (Adrián) Pallares, como a mí, sabe que lo hacemos desde el humor, con otro código, y eso hace que algunos duden también para qué voy a ver en teatro algo que veo en la tele. La diferencia es que este espectáculo no es de chimentos, aunque hay historias de famosos, pero está enfocado desde lo humorístico, es un espectáculo de humor. Y si no lo ves por una cuestión de prejuicios te podés perder un show divertido.
Desde los “escandalones” o las “bombas” siempre apostaste al humor. ¿Si te comparás con los que hicieron punta en el periodismo chimentero como Lucho Avilés, Jorge Rial o Luis Ventura, vos en qué te diferenciás?
Yo siempre fui movilero, trabajé en portales web, fui siempre desde el lado periodístico y la carrera me fue llevando por el lado del chimento. Traté de aprovechar esto y decir “bueno, esto es un vehículo para entretener a la gente”. Porque es para hacer reír, para tomarme en solfa un género tan bastardeado y para que la gente se acuerde más de lo que se divirtió viendo lo que yo hago que de la primicia que le conté. Nadie en general me viene a decir “qué bueno que me dijiste algo que nadie me había contado”. No, pero sí me gusta cuando me dicen “lo que me reí”, “lo bien que me hizo verlos hoy, la verdad es que tenía un día de mierda y me dieron vuelta el día, me alegraron el día”. O la gente que viene a ver el espectáculo y te dice que se rió. Ahí está un poco la contraparte de hacer un género tan bastardeado como el mío.
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Pallares y Lussich toman el periodismo de chimentos como una vía humorística para conectar con la gente.
¿Respecto a lo que se cuenta y cómo se cuenta determinada información, es parte de un código entre comunicador y televidente?
Mirá, de todos modos, fijate que nunca doy una información cruda. En definitiva, si yo te cuento el romance de dos personas, salvo que yo tenga la foto de los dos en la cama, vos tampoco me la vas a pedir. Si entrás en esa convención está todo bien. Después están los puristas del género, que valoran el estilo de Lucho, del viejo “Intrusos” o de la misma gente que también sigue a Angel de Brito, que van por la credibilidad a la hora de contar un chimento. Por suerte hay distintas maneras de hacerlo, la nuestra no exige tanta rigidez.
Más allá de esa convención que decís, hay un par de casos emblemáticos, como el de la cámara oculta que le hicieron al cirujano plástico Alberto Ferriols en 2004, que quedó expuesto en un programa de América junto a su mujer Beatriz Salomón, algo despiadado y muy cruel; y más acá cuando Jorge Lanata contó en radio un caso de salud de Wanda Nara, y encima lo defendió días después por televisión. ¿Cómo te posicionás ante este tipo de chimentos?
Lo que pasa es que hay una verdad instalada que incluye el morbo del género, lo cual no justifica hacer cualquier cosa, pero sí que tiene que dar un remanente de necesidad de impacto; y también una cuestión morbosa, que existe, que sucede y que da mucho rating. La gente seguramente puede llegar a comprar más el modo impacto o el modo morboso que tiene el género, pero para mí es pan para hoy y hambre para mañana; y terminás pagando un precio que pone en duda tu credibilidad. O sea, tal vez te termina generando un rating bárbaro, pero a la larga la gente te lo va a facturar. A mí, en cambio, no creo que me facturen si bailo o salto en mi programa. En todo caso lo verán o no lo verán, en definitiva es una elección, pero meterme con cosas tan delicadas, es un precio que no estoy dispuesto a pagar.
¿Vos sos de chequear la información o a veces te seduce mucho el rating y si te entra un mensaje por celular de una estrella muy famosa lo mandás igual al aire?
En realidad uno con los años se ha puesto un poco más precavido y menos impulsivo. Cuando era más chico necesitaba tirar bombas todo el tiempo, impactar todo el tiempo, porque a la hora de saber qué pide el público seguro que va a pedir eso y se va a traducir en más rating. Pero en definitiva uno siempre es el rating de la planilla de ayer, entonces capaz que el número que tenés por lo que te jugaste demasiado y te fuiste al demonio, mañana no te va a impactar tanto en el rating de la próxima planilla. Sobre todo ahora cuando el rating es tan escaso, porque la tevé abierta va en baja, no en alza, así que creo que jugarse por eso no tiene ningún sentido. Por supuesto que uno a veces se tienta y cuando el número empieza a subir también juega el show, porque no somos bebés de pecho y tampoco hacemos una cosa donde no estemos pendientes de lo que pasa con la audiencia.
¿El tema sería cuál es el límite para informar?
Nosotros tratamos de no cebarnos tanto, pero a veces uno se equivoca, te vas al carajo, te arrepentís y después tenés que pedir disculpas, pero teniendo en cuenta que si uno no se mete en lo que se metió Lanata, siempre hay camino de regreso. Siempre a los periodistas de espectáculos nos preguntan “¿cuál es el límite?”, porque somos los más tendientes a romperlo, como ha pasado con Lanata al hablar del límite de la salud. Pero en realidad no le preguntan a otros periodistas que operan políticamente para un lado y para el otro de la grieta cuál es el límite. Vos ves periodistas serios, de saco y corbata, decir barbaridades en programas políticos. Es gente que tiene mucha sapiencia y no tienen demasiados límites. Y sin embargo nunca le preguntan. No le preguntan ni a Leuco, ni a Feinman, ni a Lanata, ni a Jonathan Viale, no le preguntan a ellos. Nos preguntan a los chimenteros, que decimos pelotudeces que no hacen a cuestiones decisivas del Estado. Y así estamos.