Sobre gustos y comparaciones existen ríos de tinta diseminados, pero no hay leyes dictadas al respecto. Por eso, lo que sigue. La última película de Ang Lee, "Crímenes y lujuria" me llevó al recuerdo de aquel gran filme de Liliana Cavani "El portero de noche", la historia de Lucia, la judía amante y juguete de tortura del oficial nazi Max. En la mitad de la función se me apareció, como un fantasma, aquella Charlotte Rampling delgadísima, con los tiradores sobre la piel y la gorra de las SS, superponiéndose a la frágil figura de la bella china Tang Wei en esta nueva historia de amor y traición ambientada en la China bajo el dominio de Japón durante la II Guerra Mundial. ¿El vínculo?: algo se remueve en medio de las tripas al verlas, que tiene que ver no sólo con lo sado y el erotismo sórdido, sino también con una especie de desasosiego y compadecimiento donde los marcados como pobres vacas laceradas nunca terminan ganando en este mundo. Ni siquiera en las buenas películas. Gente que tiene un destino escrito con epitafios de plomo. La película de la Cavani hizo historia por su violencia psíquica y sexual. Se sabe, y tras la aparición del viagra con más razón, cuántos buenos señores fueron sorprendidos protagonizando orgías vestidos de oficial de la SS. ¿Quién no leyó algo así en el diario alguna vez? El juego del gatón y el ratón sobre el catre vuelve en esta cinta de Ang Lee, con imágenes crudísimas entre el ícono del cine asiático Tony Leung y la debutante Tang jugando al carcelero y su víctima, aunque por momentos se confundan los roles, y otra vez, como en la historia de Cavani, la pulsión masoquista termina encarrilándose en un deseo atávico e irrefrenable: el deseo de ser sometida por su señor, se llame portero de noche o un importante colaborador de los japoneses. Historias de besos y zarpazos, de felaciones, semen y dolor, de cuerpos desnudos que se rechazan y se atraen. Historias, también, donde los débiles no se vuelven fuertes.






























