Pocas obras teatrales se plantean un desafío como “Los miedos”. El plan es ir a ver una puesta atípica: no hay guión, no hay una trama específica, pero hay actores y actrices, hay un trío musical que cumple el ritual de ser la banda de sonido de lo que pasa en escena, hay un director que marca las pautas como si estuviese en medio de un ensayo. Y antes, después y durante la hora que dura esa función se atraviesa el amplio abanico del miedo, pero no entendido como dentro del género de terror, sino el miedo a dar ese paso que, por distintos motivos, nadie se anima. En el amor, en la amistad, en el trabajo, en el día a día. El miedo a crecer, a ganar, a perder, a ser distinto o distinta, o simplemente a ser.
Por esa frecuencia pasa la obra que llegó a Rosario con cuatro funciones a pleno en el siempre acogedor espacio de La Orilla Infinita. Y fue un placer ser partícipe de ese momento, porque cada espectador y espectadora fue parte de esa experiencia. Es que lo desopilante de las situaciones se medían con las risas o expresiones de asombro del público. Y también los momentos más tensos. Los climas se amenizaban con un trío de guitarra, teclados y percusión con la voz afinada y sensible de Joaquín Vitola, de reconocida trayectoria como líder de Indios.
El humor comandó la puesta desde el vamos, favorecido por la calidad actoral de Camila Peralta, bien secundada por Yasmin Eisenberg, en un elenco rotativo en el que también se destacaron María Soldi y Lautaro Bakir. Cada uno de los intérpretes actúa pero a la vez está jugando, y en ese juego también está el mensaje, en ese potencial creativo que tiene lo lúdico.
El paso de comedia originado a partir de un joven que no lo llaman nunca de una empresa telefónica fue el disparador de la función del primer turno del viernes pasado, a la que asistió La Capital, y se aclara esto porque en otras funciones el arranque pudo haberse dado de otra manera. “Hay gente que quiere volver a verla para ver si de verdad la hacemos siempre distinta”, coincidían el director Ale Gigena y Vitola en diálogo con este diario tras la función. A ese joven lo intentarán ayudar sus amigos y sus amigas para que dé con el prototipo indicado de búsqueda de la empresa. Y el muchacho fallará una y otra vez, y en esa risa contenida, en esa fallida experiencia de ese pibe, también se espejará cualquier persona sentada en la platea.
Y hay algo de esa exploración, de esa sorpresa, que termina seduciendo. Porque esta obra no se puede contar, hay que vivirla, sobre todo porque, más que en ningún otro caso, cada quien la percibirá según su propia sensibilidad. Eso sí, nadie saldrá de “Los miedos” igual que como entró. Ese universo de sensaciones se transforma en otra cosa que, en realidad, no se sabe a ciencia cierta qué es. Quizá nos dé algo de miedo descubrirlo.