Coti Sorokin no es más el ignoto artista que compuso uno de los temas más
conocidos de la música popular, "Color esperanza". En realidad, ya es eso y mucho más. Hoy, con su
nuevo disco a cuestas, "Gatos y palomas", el cantante y compositor rosarino radicado en España, que
se presentará el próximo viernes en el teatro Broadway, habla de cómo sufrió la dictadura en la
ciudad, de las influencias de Fito Páez y de la ilusión de hacer canciones eternas. Una esperanza
que cada día toma mejor color.
—¿Te está rondando la nostalgia, al menos es lo que se percibe en "Como tangos en
Madrid" y "Buenos Aires"?
—Sin duda. Ojo que yo me doy cuenta de esas cosas después que termino los
discos. Cuando uno deja correr el lápiz se deja llevar; después analizo, para no frenarme. Este
disco me salió un poco nostálgico, es algo inevitable porque uno tiene raíces y una historia que,
al contrario de renegar de ellas, tiene que aprovecharla. Y la raíz tanguera en nosotros, los
músicos de rock y los que hacemos canciones, es muy fuerte.
—Esto también te posiciona en España, donde tenés cada vez un lugar más
importante.
—Sí, no sólo en España sino que este disco se editó en 20 países y tengo
una presencia cada vez más fuerte en el mercado de habla latina. Le pasó a muchísimos artistas que,
viviendo lejos, seguían manteniendo su esencia y sus raíces y eso los hizo más internacionales. Sin
ánimo de comparar, pero Borges, Cortázar, Atahualpa, Piazzolla, que son símbolos de la cultura
argentina, han escrito sobre la Pampa, sobre la milonga o sobre el gaucho desde Ginebra, París,
Zurich. Creo que la distancia no te aleja sino que uno sigue siendo lo que es, a lo sumo te
proyecta hacia otros sitios, y eso es lo valioso.
—¿Qué recuerdos tenés de Rosario?
—Soy nacido en Rosario, mi viejo es de Concordia, estudiaba Medicina allí,
conoció a mi vieja en esa ciudad, y toda la familia de mi vieja es rosarina, al igual que mi
hermana y yo. Después viajé a Concordia, pero volví para estudiar música en La Siberia (Facultad de
Música de la UNR).
—Seguramente viviste etapas que te marcaron a fuego.
—Y sí, la primera infancia vivíamos en Rosario Norte, cerca de la
estación, en un PH (sic) con mis viejos en la época de estudiantes, de militantes y toda esa
historia. Cuando se puso jodida la época de la dictadura, nos fuimos a Concordia por no irnos del
país. Mis viejos se sentían más protegidos porque es una ciudad más chica y la familia de mis
viejos era más conocida. Además, estábamos más cerca del Uruguay, por si nos tocaba irnos.
—El rosarino más famoso es homenajeado en tu disco, ya que en "Las horas", sin
nombrarlo, aludis al viaje iniciático del Che.
—Yo pienso que personalidades como él sentían esa necesidad de no querer
dejar pasar el tiempo, sentían esa ansiedad positiva de hacer cosas, de llevar adelante proyectos,
de tomar el toro por las astas y tomar esas decisiones tan difíciles y valientes. Ahí cito tres
historias diferentes, y uno de los tres minutos de esa canción es dedicado al Che.
—En "La burbuja de los 17" también hay una cita al pasado.
—Sí, hay algo de Fito (Páez) también. Sin duda que Fito fue y sigue siendo
un referente muy fuerte en toda mi generación,es uno de los maestros. Por supuesto que también
están Charly, León, Nebbia y Calamaro, pero Fito para mí, que tuve toda mi adolescencia e infancia
en Rosario, fue clave desde los 80 en adelante.
—¿Qué estilo de canción te define?
—Es como cuando te preguntan qué tipo de minas te gustan. "Las que están
buenas" es la respuesta. Y con las canciones es lo mismo. Creo en cualquier canción bien construida
y que tenga gracia y alma. Las notas y las palabras no son muchas y ahí está la gracia del creador:
hacer algo distinto con los elementos que todo el mundo tiene a su alcance, y que transmita.
—¿Soñás con que alguna de tus canciones se convierta en eterna?
—Es muy difícil entrar en el reino de la música popular. Imaginate la
cantidad de canciones nuevas que aparecen por año y las pocas que quedan en el cancionero popular a
lo largo de las décadas. Muchas veces la gente sabe quién la canta, después se olvidan y pasan a
ser canciones anónimas, y eso es lo soñado para cualquiera porque es formar parte del cancionero,
de un habla, para eso estamos, para quedar. Es el fin último de un compositor de canciones, es la
consagración máxima, importa más que cualquier otra cosa, quedarse ahí dando vueltas en el
inconsciente colectivo.